Antes de nada debo hacer una confesión que probablemente nos ahorre tiempo a todos: soy un objetivista, seguramente a ojos de muchos un dogmático. Creo que el hombre que dice mi madre que es mi padre efectivamente lo es, por creer creo en muchas cosas, a poco que lo piense me encuentro creyendo miles de cosas obvias y cotidianas, pero hay algo en lo que por encima de cualquier creencia sé. Muy probablemente todo esto suene fatal, pedante y snob, pero lo cierto es que tengo la seguridad absoluta de que existe lo objetivo, no es meramente una cuestión de fe, como el pensar que mi padre es justamente ese señor que me ha donado sus genes y no únicamente el que me ha criado. Eso es cuestión de fe, lo que vivo con respecto a la objetividad es una certeza absoluta.
Oh, quizás debería pedir perdón por usar conceptos tan viejos y aparentemente malvados como el de absoluto o certeza, es algo que no puedo evitar y que aviso empeorará, porque tarde o temprano aparecerá el maldito concepto de Verdad. ¿Lo ven? , ya lo solté. Objeto, absoluto y verdad son en realidad los vértices que delimitan la frontera de todo aquello que realmente me produce interés. Y no crean que digo esto motivado por algo exclusivamente fruto de mis circunstancias. Sería un necio si negara que mi yo y las mismas no forman parte de algún tipo de unidad, pero con todo me gusta tener el mal hábito de no reducir una a otra según sean mis intereses. Ser objetivista es siempre una reacción vital directa, no secundaria, no se es objetivista porque se desee reaccionar contra algo, sino justamente porque quieres acercarte a ese algo, o de otro modo desde la constatación inmediata de la existencia de un “algo” que no depende de mi y que me afecta. Así que la primera pregunta que un objetivista se hace es ¿qué es un objeto y por ende la objetividad? Como todo concepto filosófico ha tenido múltiples interpretaciones pero por encima de todas está el peso etimológico del término, el objectum es aquello que se proyecta. Un mundo de objetos implica asumir que existe algo que se proyecta a nosotros, que aprehendemos epistemologicamente. De aquí se deriva en primera instancia algo que muchos filósofos y todos los científicos, así como en general casi todo el mundo sostiene (aunque muchos se empecinen en no admitirlo), que no es otra cosa que el principio de Objetividad del Mundo. Es una cosa que es bastante tonta y de Perogrullo pero que en ocasiones perdemos muy rápidamente de vista. El mundo existe. Es objetivo. El mundo se proyecta hacia nosotros. Claro que esto representa un sin fin de problemas y cuestiones varias, pero qué cojones, si abandonamos la certeza de la objetividad del mundo, ¿qué podemos decir o hacer? Una consecuencia de la objetividad es algo tan tonto como afirmar que yo no soy el mundo.
Lo absoluto y la verdad en realidad son caras de la misma moneda. Es bien simple, toda verdad es absoluta en tanto que verdad, esto no la hace grande ni pequeña ni abarcable a todo, simplemente hace que una verdad sea absolutamente objetiva, es decir, representa la naturaleza que se proyecta. Pero lo malo de todos los conceptos, de toda palabra, es que se objetivizan e históricamente hemos acabado por creer en ellas como entidades aisladas.
Con todo es obvio que no es lo mismo lo objetivo, al menos necesariamente, que aquello que captamos proyectivamente, entre otras cosas porque dentro de la misma proyección ponemos mucho de nuestra parte. Toda cultura es una forma de elaborar proyecciones, por ejemplo. Por supuesto queda la cuestión peliaguda de que si lo que aprehendemos es coincidente al ciento por ciento con lo que proyecta, si lo que vemos es representativo en su totalidad del mundo y en fin todas esas cuestiones de orden epistémico. Pero por encima de todo eso está el hecho tonto y estúpido de que el mundo mata, el mundo hiere y duele. ¿Es inteligente y vitalmente útil el negar que el mundo existe? Desde los papeles, los púlpitos, las charlas y sucedaneos es fácil el dictaminar que no existe objetividad alguna y caer en el predicamiento de la nada. Aunque pocos de aquellos que han sostenido tal cosa han vivido coherentemente con ello, poquísimos.
Se ataca lo objetivo en realidad desde los juicios que se han inferido del mismo, así todos los relativistas actuales señalan que lo objetivo se describe en términos de lo que es idéntico a si mismo, lo que no cambia, lo inmóvil, como si en realidad el único que ha tenido peso ha sido Parménides, un Parménides académico e irreal, por supuesto. Un Parménides “resumido”. Hacemos un recuento de objetivistas y tenemos un sin fin de horrores, la historia del cristianismo, del judaísmo, los absolutismos. Así que todo aquello que pretenda ser absoluto es simplemente un engaño o una mentira, cuando no un intento de someter al resto, de imponer un absolutismo. Y ciertamente de esto ha habido y hay a patadas. ¿Pero es sensato desde ahí negar lo objetivo tal cual? La ciencia no es un absoluto en si misma como tampoco lo es la filosofía y, no nos engañemos, la religión. Cualquiera que conozca un mínimo la ciencia o la filosofía sabe que ninguna de ambas se pretende en realidad como un absoluto o reina del mundo. Son modos sinceros y serios de tratar de dilucidar lo objetivo, de explicarlo y comprenderlo, pero no es justo el atribuir los rasgos de la realidad a ambas disciplinas.
Lo que ocurre es que es fácil negar al objetivismo, porque entonces todo esfuerzo queda señalado meramente por lo estético o lo moral, diluyendo lo óntico a mero formalismo, a palabrería y pose. Los escépticos clásicos se centraban en lo fundamental dentro del orden moral, en cuestiones metafísicas simplemente señalaban que hasta ahora no se ha encontrado una explicación única válida. Sabían que no podían pillarse los dedos haciendo inferencias ontológicas reconociendo con ello que decir “lo objetivo no existe” es una proposición onticamente tan fuerte como la contraria. En nuestros tiempos lo subjetivo se implementa como el único horizonte posible, borrando de un plumazo la necesidad de conocer y sustituyéndola por la necesidad de placer. Así logramos convertirnos en átomos aislados, en perlas preciosas cuyo valor es exactamente el mismo que todo lo que ha antecedido, sin siquiera tener la necesidad de un diálogo con la propia historia, algo que en rigor se prohibe. La consecuencia de este “pensamiento débil” es la fuerte prohibición del juicio. Si el objeto no existe todo queda relegado a un discurso homogeneo. Si el ajedrez no me gusta cualquier juicio que haga del mismo es equivalente en valor al de aquel que lo conoce (no digo que que guste)
Como objetivista creo en la necesidad de construir El criterio, pero lo entiendo como una herramienta, como un modo de mediar entre la proyección y lo que proyecta. Desconozco si es posible hacer tal descripción completa, pero no puedo negar la existencia de la realidad del mundo. El criterio es El no porque tenga una existencia objetiva sino porque es un modo universal, para todo humano, de acceder a lo real, no porque sea inmutable e inmóvil sino porque sirve para tener al mundo como horizonte, de manera honesta, y sin importar si me gustan las sandías, las lentejas o las mujeres tetonas. Creo firmemente que el objetivista es en el fondo un ser humilde, cuyas pretenciones derivan del mismo mundo no de la necesidad personal o subjetiva. De hecho el mismo subjetivismo se mira en términos objetivistas, mi persona no es diferente en términos ópticos a muchas otras, mis ideas son compartidas, mis emociones y gustos si bien no son universales no son propiedad mía sino de un colectivo. En mi cabeza trato de meter el trabajo de aquellos que me predecieron, respetando el mismo como algo valioso y formalmente parte de un diálogo al que pertenezco, al que perteneceran muchos humanos no nacidos. Es en definitiva una Tradición, el compromiso con la necesidad vital de abrazar comprensivamente la realidad que me circunda y que circundo. No os confundais no se trata de posicionarme de modo chachi por encima de los ignorantes, porque la ignorancia es condición de posibilidad del objetivismo, no se es objetivista si no se reconoce la propia ignorancia y la misma surge en virtud del Hecho Absoluto de que el Mundo Existe Objetivamente.
¿Cómo puede pretender acallarse a los objetivista desde la negación de la realidad del mundo? ¿De verdad hay alguien que niege el mundo? Oh, claro que si, muchos, en la Facultad de Filosofía de Sevilla los hay a cientos. Curiosamente todos ellos cobran su nómina, perfectamente real, y enseñan orgullosos sus artículos en revistas estúpidas y complacientes, elitistas y vacías.
En fin, sé que soy pretencioso y dogmático, claro que si, pero qué cojones: El mundo Existe!!!!!!