miércoles, 24 de septiembre de 2008

Ateismo trascendental

Sucede que de pronto soy capaz de apercibir mi fe de manera clara y distinta, al menos en su aspecto substancial, que no inmóvil e inmodificable. La mayor parte de mi vida he enfrentado este asunto desde la perspectiva del arqueólogo: entre yo y mi fe había toda una suerte de capas de diversos sustratos que atravesar en post de la Esencia. Pero claro, no toda arqueología requiere de excavar, si uno acude a su etimología esa conjunción preciosa de arjé y logos, esa amalgama discursiva en busca de los fundamentos, pronto atisba que de haber un núcleo esencial al que acudir lo permearía todo, cada estrato contra el que luchar y al que someter. Ni toda esencia es una cosa Inmutable e Inamovible.

Mi ateismo tiene un cierto carácter biológico, provengo de una familia en donde esta linda postura vital ha sido de carácter más ruidoso y significativo que lo católico. Desde aquel bisabuelo paterno muerto por quemar iglesias, pasando ya directamente por su hijo, mi abuelo, furibundo comunista y ateo feroz. Con una especificidad muy curiosa y es que tanto él como mi padre, confesos y públicos ateos, han dado vuelta sobre la figura de Dios católico y el de por ende toda religión monoteísta con una fascinación morbosa típica de cualquier fe. Esa fascinación a medio camino entre el deseo de demostrar que todo era falso y el de mostrar que lo poco verdadero es en verdad una suerte de protoizquierdismo mal entendido, ha sido el caldo de cultivo donde mi ateismo ha enraizado y realizado su proceso vegetativo en aras de poder empezar el florecimiento que soy capaz de apercibir en estos momentos.

Comprenderéis que con unos asientos básicos tan poco coherentes haya ido desplazándome por casi todas las posibilidades: fui ateo atroz en la adolescencia, pasando por un cómodo agnosticismo hasta que logré informarme de lo que realmente es ser agnóstico (con todos los respetos no soy capaz ni de aceptar que sea realmente una postura cognoscitiva medio seria), he sido creyente cientifista (uf, anda que no habré criticado a los científicos creyentes durante los años que pasé en físicas), procesado una fe de panteísmo inconsciente y apátrida. Incluso he tonteado con los orientalismos (y sigo haciéndolo, juas juas juas) con el mismo éxito que con la filosofía occidental, por otra parte. Por cada cosa valiosa oriental hay doscientas interpretaciones torticeras y quinientos usos prácticos gilipollas. Cosa que empeora cuando es occidente el que interpreta. Mirad la persistencia en la existencia de estanterías de libros como los del pederastra de Osho.

En realidad me ha costado Dios y Ayuda poder conciliar la tendencia a trascendentalizarlo todo al mismo tiempo que evitar el personalizar en cualquier aspecto esa trascendencia. El problema empieza ya en la misma definición de los términos. Hoy en día trascendental se usa para cien cosas diferentes, casi todas ellas relacionada con la idea de “importancia”. Algo es trascendental porque es muy importante, incluso puede ser “esencial”, o también para referirse al orden de “El otro Mundo”. Así la asociación con espiritualismos y demás es más o menos clara.

Yo leo trascendental en términos escolásticos, que son los que he estudiado, en el sentido de notar aspectos de la realidad coincidentes entre todas las entidades. Algo trascendente es un aspecto de lo real común en todas las existencias. Por ejemplo, un trascendental en el medievo es la unidad del ser: todo ente es idéntico a sí mismo, del modo que El Ser Es Idéntico A Sí Mismo.

Para mi la búsqueda de lo trascendental implica de suyo el incidir en aquello común en todo lo individual. Por eso la realidad se me aparece como algo sagrado, en la medida en que en su representación encuentro ecos de trascendencia, de unidad. Es como vivir el principio de objetividad de la realidad en términos estéticos, no deja de ser lo mismo pero el sentimiento aporta un tipo de conocimiento estético/religioso que personalmente me da tanto un sentido de la maravilla cotidiano como una curiosidad insatisfecha.

En fin, que creo que la realidad es trascendente, refleja en su interior el todo en cada parte siendo paradójicamente menos como todo que como parte. Pero con todo lo sagrada que soy capaz de vivirla no logro entender el por qué es necesario un Dios. Durante mi época panteísta noté para mi desgracia que una vez que identificas a Dios con la Naturaleza no tiene sentido ni hablar ni pensar en Dios. A la vez que mi fe en la trascendencia aumentaba disminuía la necesidad de pensar o hablar de un Dios. Y eso es parte del problema: Si Dios no es Necesario, no solo pasa a ser dios sino que está a dos milímetros de dejar de ser pensado siquiera en esos términos.

Como no puedo dejar así como así mi perspectiva transcendental, me importa más lo común que lo individualizado, lo que permea lo colectivo que lo atomizante individual, parecería que en cualquier momento me toparía con algún Dios. Es lo que tienen estas cosas.

Soy ateo no porque no crea en la existencia de dios, sino porque todo lo que sé y comprendo del mundo prohibe su existencia. Como nada sé de otras vidas ni de cielos desde el que no puede lloverme no necesito su existencia para cubrir la esperanza de vivir fuera de lo que conozco. Como me es imposible el entender la validez de una moral y su necesidad más allá de que debemos no pedir lo que no damos ni hacer lo que no querríamos para nosotros y los nuestros; como no encuentro una perspectiva desde la que aceptar que Dios haga milagros, que demuestre sencillamente que las cosas son como son porque Él Lo Quiere; en fin, que me resulta más sencillo sostener que no existe que lo contrario, y no valen las medias tintas, la comodidad es una postura que está bien sino tienes interés real, pero en ese caso estaría mejor decir “me importa un carajo” a “soy agnóstico”. Uno empieza queriendo quedar bien el cuestiones de conocimiento y a poco que te despistes te salen tres sectas interpretativas diferentes junto con cinco empresas que venden merchandaising navideño, dan cursos y convivencia y venden discos de música relajante para ascensores.

Ya digo que ahora veo más claro mi ateismo trascendental. Si mi consciencia es una parte del funcionamiento orgánico de mi cerebro no creo que por eso sea menos valiosa que una entidad espiritual trascendente, ni menos hermosa ni fea, joder si germinar una semilla es ya una actividad casi religiosa ¿por qué queremos más?

Y que conste que no soy materialista, al menos hasta que alguien sea capaz de explicarme qué cojones es.

Salud.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El mago guerrero, de Gene Wolfe

Es lo que tiene leer a Wolfe. Disfrutar se disfruta a qué negarlo, a pesar de tener la ambigua sensación de no estar seguro de cuánto te pierdes, porque perder te pierdes cosas siempre. Los que conozcáis a Wolfe estaréis familiarizados con el fuerte impacto de extrañeza y perplejidad que da el leer sus obras. Tiene fama de duro, algo muy cierto, pero no es duro por su forma de escribir, su prosa es engañosamente fácil y entrante, lo realmente jodido de Wolfe es que hay tantísimas capas de diversa densidad dentro de sus “simples” historias que lo normal es hacerse un lío desde los comienzos…

La norma básica con Wolfe es la siguiente: la apariencia no coincide con la realidad en ninguno de sus relatos, especialmente en aquellos que como el caso que nos ocupa son narrados en primera persona. No es que tengamos únicamente la perspectiva de su protagonista sino sobre todo lo que este esconde, omite y cuando engaña (que ocurre en no pocas ocasiones). Por eso es necesario ser muy activo en la lectura, estar pendiente a cada rato, no ignorar los detalles, dado que en ese caso la maravilla se multiplica exponencialmente, quedarse vigilante y agazapado en cada frase. Nada más alejado de lo masturbatorio que Wolfe, o más ilustrativamente ¿para qué hacerse una pajilla si puedes follar y ser follado? Tocarse es entonces algo colectivo y una etapa más entre otras. Hay pajilla, claro que si, y banquete, cigarrillo y orgasmos para todos. ¿Qué haces escondido en el baño con un paquete de Clinex hijo? Parece decirnos. Teneís la cocina, el sofá, el coche, el jardín, teneís mucho más que una cama, que un breve destello solitario… Pero para todo eso hay que ser activo, hay que querer, buscar, interrogarse, dar y recibir.

Por eso es importante el no dejarse engañar, si leéis la contraportada aparentemente parecerá que nos topamos de frente con el nonagésimo libro infantil de fantasía ramplona en donde un modesto y gentil chico desparece no se sabe muy bien por qué desde nuestro mundo a otro medieval en donde la magia, elfos y dioses diversos campan por sus anchas. Más tópico no puede parecer, de hecho lo dejé muerto de asco mucho tiempo justamente porque me repugnaba una barbaridad su psipnosis. Y eso que conozco a Wolfe.

La novela superficialmente es una aventura sin pausa, vertiginosa, con saltos descorcentantes a diferentes mundos/niveles de realidad de una ambigüedad algo más que inquietante, pero sobre todo tremendamente divertida y entretenida. La perplejidad no decae nunca pasando a convertirse en el motor que guía la lectura mientras va acumulándose, no has dejado de pensar en algo que has leído cuando todo ha cambiado brutalmente.

Nuestro prota llega efectivamente a un mundo ajeno, lo suficientemente enajenado como para hacerse a la situación con una rapidez inquietante, comenzando el relato de cómo de un día para otro su cuerpo tomó forma adulta emprendiendo una suerte de viaje iniciático extraño. Porque nunca sabemos cuánto del niño hay en el personaje y cuánto de otra cosa. Las disgrecciones continuadas, la constante tendencia a no contar realmente lo que importa o dar saltos conceptuales abisales, la evidente niñez del narrador, sus omisiones y tantas otras cosas hacen pensar que hay mucho tras esa superficie.

No en pocas ocasiones asistiremos a conversaciones completamente intrascendentes junto a otras prácticamente ontonoéticas. Porque el mundo que recrea es una amalgama extraña de mitología nórdica y emanatismo gnóstico. El universo se configura en función a una serie de esferas de realidad, a la manera de las esferas gnósticas que van concentrándose en capas surgidas de la anterior y que desciende desde el Cielo a los Infiernos. Así cada esfera es regida por los dioses pertinentes en una jerarquía emanatista interesantísima: los habitantes de una esfera son los dioses inmediatos de los de la esfera inferior y al mismo tiempo sometidos a los habitantes de la superior. El juego intelectual que da esta situación en manos de Wolfe alcanza cotas difícilmente clasificables.

¿Hasta qué punto es realmente heróico o caballeroso el prota? Sir Able (Capaz) da continuadas muestras de anticaballerismo, es incoherente y toma lo que quiere caprichosamente. Es leal al mismo tiempo que hace lo que le sale de lo que cuelga. Su especialidad está no en construir historias interesantes en donde perdernos, el mamoncete lo que hace es obsesionarnos con lo que no cuenta, con lo que sugiere, con el valor simbólico de lo que aparece incluso hasta el punto de estar continuamente preguntándote ¿quién es Able? ¿Qué es realmente?. Es lo mismo que ocurría con la serie de Latro, en donde nada es casual ni significa lo que parece en su obviedad manifiesta.

Al final el interés va más allá de los encargos, historias y mitificaciones que sufre el personaje, sino que permea al mundo que describe, el misterio que existe detrás y que como suele ocurrir con este autor queda en manos de cada lector, con multiples encrucijadas posibles y una fascinación que dura mucho después de dejar el libro. Porque incluso cuando sigues algunos de los caminos que te propone como explicación posible da sus problemas cuando se examinan con cuidado.

No sólo no es un libro simplemente infantil, sino que uno va notando incluso cómo gana en densidad una vez leído. Sus elfos nada tienen que ver con los seres estilizadamente coñazo habituales, no son entidades de fino refinamiento, sino elementales juguetones, aspirantes a almas, seres llenos de hybris, que manejan a su antojo a nosotros, sus dioses naturales. Dan un miedo jiñante por decirlo claro y mal.

En fin, una obra estupenda, cojonuda, realmente fantástica, de una fantasía de la que quedas enganchado porque ofrece algo que ya es incluso inhabitual en la ciencia ficción: sentido de la maravilla y gustito por ponerse metafísico, juas juas juas. ¿Quién lo diría?

Salud.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Los Navegantes de José Miguel Vilar

Los Navegantes es sobre todo una gamberrada, y eso es tanto parte de su virtud como de sus defectos. Sorprende lo bien escrita que está, especialmente caracterizando algunos de sus personajes y diálogos muy por encima de la media. Pero al mismo tiempo ese carácter gamberril supone un cierto lastre que argumentaré más abajo.

No es la fantasía épica que he leído por ahí que es, de hecho de por sí es un título engañoso que le viene pequeño por cuanto que denotan los aspectos menos brillantes de la novela dejando de lado justamente lo mejor, pero por otra parte porque seguramente creará expectativas difíciles de cumplir corriéndose el riesgo de perderse un entretenimiento más que digno. Claro que hay guerra, alguna batalla y sus espadazos, pero eso es lo más superficial y en rigor en grandes rasgos no sale de la tónica habitual. Es fundamentalmente una novela fantástica más que de fantasía. Vale, es cierto que muchos de sus elementos son los habituales, incluso algunos de sus personajes son casi prototipos, pero ni el modo de manejarlos ni la riqueza literaria de la que hace gala se parece un tanto a lo habitual. De hecho creo que donde brilla de verdad, además de lo ya señalado, es en esos momentos en donde uno tiene atisbos calvinianos, de una fantasía preciosa que se conjuga desde el lenguaje y que por ello es más poética que descriptiva. Es algo que se magnifica con el encanto de muchos de sus personajes secundarios suponiendo una frescura muy de agradecer muy alejada del mamporrerismo endogámico común.

Sin embargo a mi personalmente me molestan las apelaciones a elementos chocantes como la guardia civil, entiendo el tono chachondete que tienen e incluso pienso que intencionalmente tienen la función de hacer notar al lector el carácter de fábula de lo que se cuenta. A mi, no obstante, me parece un cortapunto excesivo e incluso diría que gratuito. Del mismo modo que el notable desequilibrio entre lo lírico y lo ridículo, con momentos estupendos seguidos de otros gratuitos (lo del cocodrilo sobra completamente) sin que estos consigan amalgamarse como debieran. Es por hacer una comparación gráfica como si Adan Sandler le diera por hacer La Vida de Brian.

Por lo demás la historia principal es bastante más pobre que muchas de las pequeñas que cuenta, como la del maestro del cazador de monstruos o los dos hermanos generales. En esos momentos hay un lirismo vitalista y juguetón extraordinarios, salvo en la trama del cocodrilo que encontré un tanto burda en comparación con las demás con un aspecto deus ex machina que veo además poco elegante.

No hay traza, ni siquiera un ligero olorcillo, del Emperador de Todas Las Cosas. A Dios gracias tampoco literatura a ritmo de dados. Ni hay héroes, ni tipos brillantes y guapos con problemas de confusión ontológica al vivir en un castillo pero llevar vida de bachiller echando en falta un instituto. Y pese a su tono cachondo y en ocasiones desmedido la moralidad de la historia, en donde los héroes lo son a su pesar y básicamente por limitarse a la supervivencia es desde luego muy lejana a la visión bipolar de toda la vida, o lo que es peor hacerlo con trampas como es tan habitual ahora y suele confundirse con “riqueza literaria”. No busca al adolescente que llevamos dentro (o fuera si eres adolescente, jejeje) ni su identificación pseudoidealizada salvo quizás en los momentos de sexo, claro. Por tanto lo masturbatorio queda si acaso como acompañamiento físico momentáneo no como algo que impregne desde dentro la narración. Y sólo eso ya es una ganancia.

No pertenece a una serie y sale mucho sexo. Incluso anal.

Y esto último, por una vez, no lo sufre el lector y es consentido y en ambas direcciones. Que como leí una vez en una carreta de feria: Que Dios te de el doble de lo que desees para mi.