miércoles, 21 de enero de 2009

Sofismautica III: Mirad!!

De alguna manera siempre he sospechado que la línea que separa lo apariencial de lo real es en demasiadas ocasiones un misterio, por lo que es inseguro el saberse en uno u otro espacio en cualquier momento concreto. Contribuye, no puedo negarlo, el vivir en un constante modo de cospiranoia activa, una suerte de desconfianza en general por todo, como si el tener algo de paciencia con el presente te haga entenderlo de alguna manera. Olvidando entre medias que lo comprendido es siempre parte del pasado. Ser escéptico por elección me parece un imposible, se es escéptico por decepción, del mismo modo que para ser ateo hay que tener una fe, aunque sea meramente en lo posible.

Hoy mismo, oyendo la radio me encuentro de sopetón con un hecho brutal. La palabra "prestigio" originalmente no significa prestigio, sino juego de manos, técnica centrada en velar lo real tras apariencias deseadas; o que nímio se refiere a abundancia; o que álgido no hace referencia a lo más alto sino a lo más frío. Todos son maneras que he usado, muletas con los que he dicho lo contrario de lo que he pensado.

Porque de pronto se hace obvio que no existen límites entre el mirar y el ver, el oír del escuchar. Las diferencias semánticas han acabado por no corresponderse con lo real, de suerte que lo apariencial deviene realidad y viceversa.

¿Cuántos miran la realidad y cuántos la ven? O lo que es peor, ¿cuántos creen ver cuando lo que hacen es mirar? Ya el mirar no es estar en disposición del ver, del mismo modo que se oye pero no se escucha. Ese espacio fronterizo ha pasado a formar parte de una entelequia de la misma naturaleza que Dune, las Fundaciones o La Tierra Media.

Me imagino vejete, con todo el pelo ralo y blanco, con leche en los ojos y un porrete mortecino entre los dedos amarillos. ¿Es Alzehimer lo que tendré? ¿O quizás es que las palabras que han inundado mi cuerpo y mi sangre, toda esos conceptos significarán entonces lo contrario? Recuerdo con horror a mi profesor de análisis filosófico bramando la imposibilidad de salir del planteamiento cartesiano al respecto distinguir realidad de apariencia.

Quisiera poder salir de este paradójico estado pero lo único que se me ocurre no está tomando los cauces que a priori pensaba, o puede ser que sencillamente la terapia tome más tiempo del que mi impaciencia me permite. El ejercicio es sencillote de explicar, no tanto así su aplicación -como todas las terapias- y consiste básicamente el hacer una selección lo más consciente posible entre ver/mirar y oir/escuchar. La tele la miro, rara vez me atrevo a verla si yo no controlo directamente lo que emite (bendito portatil, bendito rapidshare, vendito megaupload y benditos los que substitulan), igualmente mi vicio real, que es la radio, la escucho y oigo a conveniencia. He descubierto que me llena más Iker o Miguel Blanco cuando me limito a más que un receptor pasivo una membrana osmótica. En ocasiones quedan en ella retazos, pequeños pedazos de algo lo suficientemente insuficientes para mostrar todo lo más una pequeña parte. Si miras desde ese tipo de perspectiva acabas siempre por ver algo. Espero que la experiencia constante derive en ver algo de valor.

Lo más placentero, no obstante, está resultando el leer mirando. Me doy cuenta que mirando El desfiladero de la absolución me lo estoy pasando moderadamente mejor que cuando leí viendo sus tres tochos anteriores. La cosa creo que debe ser lograr un punto de equilibrio entre la indignación y lo descerebrado, permitir que lo aparente pase haciéndose el tonto efectivamente siéndolo, pero solo a ratitos pequeños, de la misma manera que el mundo se hace inteligente casi cuasiestáticamente sin llegar a serlo nunca realmente.

Estamos acotados entre la ignorancia supina y la memez solemne, yo propongo que nos quedemos en la parte de la función que empieza a comenzar (suena fatal, lo sé) a tirar por los vértigos del infinito. Es de una estética cutre, pero permite sobrevivir.

Así que os recomiendo mirar y mirar, pero ver si acaso vizqueando.

Salud.

lunes, 12 de enero de 2009

Del por qué amo todo esto.

Este texto lo he leído en la estupenda web de mi hermano astral Antonio, www.mentesdeacido.com, pero el original viene de http://axxon.com.ar/zap/c-zapping0037.htm. Es largo, pero si amais la cifi y en general teneis al menos la fe en que somos lo que son los Otros, debeís leerlo enterito.

Para mi es Sagrado y Trascendente, leerlo me hace sentiros a todos vosotros, conocidos y desconocidos, hirviendo en la sangre y sé que mis ojos son Todos los Ojos, por lo que os abrazo en un mudo "os amo".

Ahí va:

Introducción al libro The Golden Man (colección de cuentos de P. K. Dick)
Philip K. Dick / 1980

Cuando veo estas historias mías, escritas a lo largo de tres décadas, pienso en un local llamado Lucky Dog Pet Store (Tienda de Mascotas "El Perro Suertudo"). Hay una buena razón para esto. Tiene que ver no sólo con mi vida, sino con las vidas de la mayoría de los escritores que trabajan por cuenta propia. Se llama pobreza.
Me río de esto ahora, y siento además una pequeña nostalgia, debido a que, en algunos aspectos, ésos fueron los mejores benditos días de mi vida, especialmente allá en los principios de los cincuenta, cuando empezó mi vida como escritor profesional. Pero éramos pobres; en efecto —mi esposa Kleo y yo— éramos pobres pobres. No lo disfrutábamos para nada. La pobreza no fortalece el carácter. Eso es un mito. Pero sí te convierte en un buen contable; uno cuenta y cuenta con exactitud su dinero, su poco dinero, una y otra vez. Antes de salir de casa para ir al almacén tú sabes con exactitud cuánto puedes gastar, y sabes también con exactitud cuánto puedes comprar, debido a que si te pasas no vas a comer el día siguiente y tal vez tampoco el que le sigue.
Por lo tanto, ahí estaba yo en el Lucky Dog Pet Store en la Avenida San Pablo, en Berkeley, California, en los años cincuenta, comprando una libra de carne picada de caballo. La razón por la que soy escritor por cuenta propia y viví en la pobreza es (y admití esto desde el principio) que estaba aterrorizado por figuras autoritarias como jefes, policías y maestros; quería ser escritor por cuenta propia porque sería mi propio jefe. Tiene sentido. Yo había renunciado a mi trabajo de dependiente de discos en un comercio de música; cada noche, durante toda la noche, escribía cuentos de ciencia ficción y literatura general... y vendía ciencia ficción. No disfrutaba, de verdad, de saborear la carne de caballo; es muy dulce... pero en cambio disfrutaba de no tener que estar tras un mostrador exactamente a las nueve de la mañana, de traje y corbata y diciendo "Sí, señora, ¿puedo ayudarla en algo?, etcétera... disfrutaba de haber sido echado repentinamente de la Universidad de Berkeley debido a que no quería tomar el ROTC (Reserve Officers Training Corps: cuerpo de entrenamiento de oficiales de reserva) —muchacho, una figura autoritaria de uniforme ¡es la figura autoritaria!—, cuando al entregar mis 35 centavos al dependiente del Lucky Dog Pet Store me encontré una vez más frente a mi Némesis personal: inesperadamente, me encontraba de nuevo frente a la figura autoritaria.
No puedes escapar de tu Némesis; yo lo había olvidado.
El hombre dijo: —Usted compra carne de caballo para comerla usted.
Ahora él medía un metro ochenta y pesaba ciento cuarenta kilos. Me estaba mirando fijo. Yo tenía, en mi mente, de nuevo cinco años, y había tirado goma de pegar en el piso del jardín de infantes.
—Sí, señor —admití.
Quería decirle: Mire, estoy toda la noche escribiendo historias de CF y soy pobre, pero sé que las cosas van a mejorar y tengo una esposa que amo, un gato llamado Magnificat y una pequeña y vieja casa alquilada por 25 dólares al mes, que es todo lo que puedo pagar. Pero el hombre estaba interesado en un único aspecto de mi desesperada (pero llena de esperanzas) vida. Sabía lo que me estaba por decir. La carne de caballo que vendemos es para consumo animal. Pero Kleo y yo la estábamos comiendo, y ahora estábamos siendo juzgados; el Gran Juicio había llegado; había sido atrapado en otro Acto Incorrecto.
Esperé que el hombre dijera "Tiene usted una mala actitud".
Éste era mi problema y es mi problema ahora: tengo una mala actitud. En pocas palabras, temo la autoridad pero al mismo tiempo me siento resentido —de la autoridad y de mi propio miedo—, por lo tanto me rebelo. Y escribir historias de CF es una forma de rebelarse. Me rebelé contra el ROTC y la Universidad de Berkeley y terminé fuera; me propuse no volver nunca. Un día me fui de mi trabajo en el comercio de discos y nunca volví. Más tarde me opuse a la guerra de Vietnam y encontré mis archivos volados y mis papeles desparramados por ahí o robados, como fue descrito en la revista Rolling Stone. Todo lo que hago es generado por mi mala actitud, desde correr el ómnibus a pelear por mi país. También tengo una mala actitud con respecto a los editores; estoy siempre atrasado y fuera de término (estoy atrasado en este trabajo, por ejemplo).
Con todo, la CF es una forma rebelde de arte y necesita escritores y lectores y malas actitudes, una actitud expresada por un ¿Por qué? o ¿Cómo fue? o ¿Quién lo dice? Esto viene sublimado en los temas que aparecen en mis textos como "¿Es real el universo?". O "¿Somos todos humanos reales o alguno de nosotros seremos máquinas basadas en reflejos?". Tengo un gran enojo en mi interior. Siempre lo tuve. La última semana mi doctor me dijo que mi presión sanguínea está alta de nuevo, lo cual puede traer una complicación cardíaca. Me puse loco. La muerte me pone loco. Ver humanos y animales sufriendo me pone loco; cuando uno de mis gatos murió maldije a Dios expresamente: estaba furioso con él. Me gustaría tenerlo aquí para interrogarlo y para decirle que yo pienso que el mundo es retorcido, que el hombre no tuvo pecado ni falla sino que fue empujado —lo cual es bastante malo—, para después vender la mentira de que su naturaleza es básicamente pecadora, lo cual sé que no es así.
He conocido toda clase de personas (cumplí cincuenta hace poco y estoy molesto por ello; ya he vivido un largo tiempo) y eran buena gente en todos los sentidos. He modelado los personajes de mi novelas en base a ellos. De vez en cuando una de estas personas muere y esto me pone loco, realmente loco. "Te llevaste a mi gato", quisiera decirle a Dios, "y después a mi novia. ¿Qué estás haciendo? Escúchame, ¡escúchame!, lo que estás haciendo está mal".
Básicamente, no soy tranquilo. Me crié en Berkeley y heredé la conciencia social que se esparció desde allí hacia el país en los sesenta, sacándonos de encima a Nixon y terminando la guerra de Vietnam, más una cantidad de otras cosas buenas: el movimiento mismo por los derechos civiles. Todo el mundo en Berkeley se volvía loco enseguida. Yo acostumbraba a poner locos a los agentes del FBI que caían de visita cada semana (el Sr. George Smith y el Sr. George Scruggs de la Red Squad), y puse locos a mis amigos miembros del partido comunista, logrando que me echaran de la única reunión del PC de EE.UU a la que fui porque me puse a argumentar con vigor (léase enojado) en contra de lo que estaban diciendo.
Esto era al principio de los cincuenta y ahora me encuentro bien al final de los setenta y sigo loco. Ahora mismo estoy furioso a causa de lo que le pasa a mi mejor amiga, una chica llamada Doris, de veinticuatro años de edad. Ella tiene cáncer. Estoy enamorado de alguien que puede morir en cualquier momento y esto me pone furioso contra Dios y la raza humana, elevando mi presión sanguínea y acelerando el ritmo de los latidos de mi corazón. Y además escribo. Quiero escribir sobre la gente que amo y ponerla en un mundo de ficción sacado de mi mente, no el mundo que tienen en la realidad, debido a que el mundo en el que viven realmente no cumple con mis normas. De acuerdo, tal vez debería revisar mis normas; estoy desencaminado. Debería aceptar la realidad. Yo nunca he aceptado la realidad. Es sobre lo que trata toda la CF. Si usted quiere aceptar la realidad, lea a Philip Roth, lea a los escritores de la corriente principal del stablishment literario de Nueva York. Pero ustedes están leyendo CF y yo escribo para ustedes. Quiero mostrarles, en mis textos, que amo a mis amigos y que aborrezco salvajemente lo que les ocurre.
He visto a Doris sufrir de un modo inexpresable, aguantar tormentos en su lucha contra el cáncer en un grado que no puedo creer. Una vez corrí fuera de mi departamento hasta la casa de un amigo, corrí literalmente. Mi doctor me ha dicho que Doris no vivirá mucho más y que yo debería decirle adiós y decirle que eso se debe a que ella está muriéndose. Lo intenté y no pude hacerlo, sentí pánico y corrí. En la casa de mi amigo hablamos del tema y escuchamos grabaciones fantásticas y misteriosas (gusto de la música de este tipo, clásica y de rock; es vivificante). Él también es escritor, un joven escritor de CF llamado K. W. Jeter; uno bueno. Hablamos y yo dije, levantado la voz, con una voz verdaderamente alta: "La peor parte de esto es que estoy empezando a perder mi sentido del humor con respecto al cáncer". Luego comprendí lo que había dicho, y él también lo entendió, y ambos reímos.
Me puse a reír. Nuestra situación, la situación humana, es, en el análisis final, ni horrible ni significativa, sino divertida. ¿De qué otro modo se la puede llamar? La gente más sabia son los payasos, como Harpo Marx, que no hablaba. Si yo pudiera obtener lo que quisiera, me gustaría ser Dios para poder escuchar lo que Harpo no ha dicho, y entender por qué no quería hablar. Recuerden, Harpo podía hablar. Él simplemente no quería hacerlo. O tal vez, si hubiese hablado, tendría que habernos dicho algo terrible, algo que no conocemos. No lo sé. Tal vez ustedes me lo puedan decir.
Escribiendo se vive una vida solitaria. Uno se encierra en su estudio y trabaja y trabaja. Por ejemplo, he tenido el mismo agente durante 27 años y nunca me he reunido con él debido a que él está en Nueva York y yo en California. (Lo vi una vez en TV, en el Show de Tom Snyder, y es un pobre hombre que sigue la moda. Él realmente juega duro, que es lo que se supone que debe hacer un agente.) Me he encontrado con otros escritores de CF y empecé a hacer amistad con algunos. Por ejemplo, conozco a Harlan Ellison desde 1954. Harlan me retuerce las tripas. Cuando estábamos en el segundo Festival Anual de CF de Metz el año pasado, en Francia, vean, Harlan me rompió por dentro. Estábamos en el bar del hotel, con todo tipo de personas rodeándonos, la mayor parte franceses. Harlan me destrozó. Fue fino; lo amé. Fue una especie de mal viaje de droga; uno tiene que patear traseros y disfrutar; no hay alternativa.
Pero amo a ese pequeño bastardo. Es una persona que existe de verdad. Lo mismo que Van Vogt y Ted Sturgeon y Roger Zelazny y, más que nadie, Norman Spinrad y Tom Disch, mis dos preferidos en todo el mundo. La soledad del escritor es desplazada per se por la fraternidad entre colegas. El último año se me cumplió un sueño de por lo menos 40 años: me encontré con Robert Heinlein. Fueron sus escritos, junto a los de A. E. Van Vogt, los que me habían hecho interesar en la CF, y consideraba a Heinlein mi padre espiritual, aunque nuestras ideas políticas sean opuestas del todo. Varios años atrás, cuando yo estaba mal, Heinlein ofreció su ayuda, cualquier cosa que pudiera hacer, y nunca nos encontramos. Él llamó para preguntarme y ver cómo estaba. Quería comprarme una máquina de escribir eléctrica, Dios lo bendiga; uno de los pocos caballeros verdaderos en este mundo. No me agrada ninguna de las ideas que él puso en sus textos, pero esto no tiene importancia. Una vez, cuando debía un montón de dinero y no me alcanzaba para pagarlo, Heinlein me prestó lo que necesitaba. Yo pienso mucho en él y su esposa; les dediqué un libro. Robert Heinlein es un hombre de aspecto fino, muy impresionante y muy militar en su estampa; uno diría que tiene una formación militar, incluso en el corte de pelo. Él sabía que yo era una rareza y aún así nos seguía ayudando a mí y a mi esposa cuando estábamos en problemas. Esto es lo más grande en la humanidad, es lo que amo de ella.
Mi amiga que tiene cáncer, Doris, fue novia de Norman Spinrad. Norman y yo hemos andado juntos por años; tenemos hechas un montón de cosas insanas en común. Norman y yo nos poníamos histéricos y empezábamos a delirar. Norman tiene el peor temperamento que se pueda encontrar en un humano vivo. Él lo sabe. Beethoven era igual. Yo no tengo ningún temperamento, probablemente a causa de que mi presión sanguínea es tan alta; tengo que dejar parte de mi cólera fuera de mí. Realmente no sé, luego del análisis final, quién ha enloquecido a quien. Envidio de verdad la habilidad de Norman para sacar eso para afuera. Él es un escritor excelente y un excelente amigo. He obtenido, al ser un escritor de CF, no fama y fortuna, sino buenos amigos. Es lo que lo hace importante para mí. Las esposas vienen y van, las novias vienen y van, pero nosotros, los escritores de CF, seguimos juntos hasta que, literalmente, morimos... que es lo que haré en cualquier momento (probablemente en un alivio propio y secreto). Mientras estoy escribiendo esta introducción, releyendo historias que abarcan un período de treinta años de trabajo, volviendo mi pensamiento hacia atrás, recordando el Lucky Dog Pet Shop, mis días en Berkeley, mi compromiso político y cómo la Humanidad trepó en mi trasero a causa de él... sigo teniendo un miedo residual, aunque creo que el reino de la intriga policial y el terror se ha terminado en este país (por un tiempo, en todo caso). Ahora duermo bien. Pero hubo una época en la que pasaba toda la noche sentado y con miedo, esperando que golpearan la puerta. Finalmente me llamaron a "ir de paseo", como le decían ellos, y la policía me interrogó por horas. Fui llamado también por la OSI (Inteligencia de la Fuerza Aérea) e interrogado por ellos; tenía que ver con las actividades terroristas en el condado de Marin (en esa época no eran "actividades de terroristas" para las autoridades, sino de ex-convictos negros de San Quintín). Me enteré de que la casa de al lado de la mía había sido comprada por un grupo de ellos. La policía pensaba que yo estaba relacionado con ellos; estuvieron mostrándome fotos de muchachos negros y preguntándome ¿Los conoce? A esa altura ya no podía hablar. Fue un día realmente de miedo para el pequeño Phil.
Por lo tanto, si ustedes piensan que los escritores viven una vida de enclaustramiento entre libros, están equivocados, por lo menos en mi caso. Estuve, además, un par de años en la calle, en el mundo de la droga. Parte de esta escena fue divertida e increíble, y otras partes fueron espantosas. Yo escribí sobre eso en Una mirada a la oscuridad, por lo tanto no voy a escribir sobre eso aquí. Una cosa buena sobre mi paso por la calle era que la gente no sabía que yo era un escritor de CF conocido, o si lo sabían no les importaba. Al fin de los dos años había perdido, literalmente, todo lo que tenía, incluyendo mi casa. Volé a Canadá como invitado de honor de la Convención de CF de Vancouver, celebrada en la Universidad de British Caledonia, y decidí quedarme. Al infierno con el mundo de la droga. Había parado temporalmente de escribir; fue un mal tiempo para mí. Me había enamorado de varias inescrupulosas chicas de la calle... Manejé un viejo convertible Pontiac modificado con un carburador cuádruple y cubiertas anchas, sin frenos, y estábamos siempre en peligro, siempre encarando problemas que no podíamos manejar. Luego que dejé Canadá y volé hacia el condado de Orange tuve mi cabeza en claro y volví a escribir. Conocí una chica muy correcta y me casé con ella, y tuvimos un bebé llamado Christopher. Tiene cinco años ahora. Me dejaron hace un par de años. Bien, como dice Vonnegut, todo termina. ¿Qué puedes contestar? Es como todo en la realidad, tú ríes o —pienso— te dejas vencer y mueres.
Una cosa que he notado que puedo hacer con placer es releer mis propios textos, en especial las primeras historias y novelas. Esto induce un viaje mental a través del tiempo, lo mismo que producen algunas canciones que se escuchan en la radio (por ejemplo, escuchando cantar "Vincent" a Don McLean, veo una chica llamada Linda que viste un minishort y maneja su Camaro amarillo; vamos hacia a un restorán caro y yo estoy preocupado pensando en si podré pagar la cuenta y Linda me cuenta que está enamorada de un viejo autor de CF y yo imagino —¡oh tonta vanidad!— que se refiere a mí, pero la cosa cambia y resulta que se está refiriendo a Norman Spinrad, a quien yo presenté a la chica). Todo retorna, una sensación misteriosa que, estoy seguro, ustedes habrán experimentado alguna vez. Me han dicho que he expuesto todo sobre mí en mis escritos, cada faceta de mi vida, psique, experiencias, sueños y miedos, que puedo ser inferido absoluta y precisamente a partir del conjunto de mi obra. Esto es verdad. Por eso, cuando leo mi obra, como en el caso de las historias de esta colección, hago un viaje a través de mi mente y mi vida, sólo que son mi mente y mi vida de hace tiempo. Aquí está el mundo de la droga. Aquí el tema filosófico, especialmente la gran duda epistemológica que empieza cuando estoy asistiendo a la Universidad de Berkeley. Mis amigos muertos están en mis cuentos y novelas. ¡Nombres de calles! Hasta usé la dirección de mi agente para un personaje (Harlan una vez puso su teléfono en un cuento, cosa que luego tuvo que lamentar). Y, por supuesto, ahí está un tema constante: la música, el amor a la música y la preocupación por la música. La música es el hilo que hace coherente mi vida.
Vean, hasta que me hice escritor estuve en algún lugar de la industria de la música, más exactamente en la industria de la grabación. Recuerdo allá por la mitad de los sesenta, cuando escuché por primera vez a Linda Ronstadt; ella estaba invitada al show de Glen Campbell en la TV, y yo no había escuchado nada de ella. Me puse chiflado al verla y escucharla. Había sido vendedor de discos y mi trabajo era encontrar nuevos talentos que tuviesen calidez y, escuchando y viendo a Ronstadt, supe que estaba oyendo a uno de los grandes; pude ver el futuro a través del túnel del tiempo. Luego, cuando ella ya había grabado algún tema, ninguno de sus grandes éxitos, los cuales compré puntualmente, yo calculaba el mes exacto en que se haría famosa. Incluso escribí a Capitol y se los dije; les dije que la próxima grabación de Ronstadt sería el comienzo de una carrera sin paralelo en la industria de los discos. Su siguiente grabación fue "Heart Like a Wheel". Capitol no contestó mi carta, pero infierno, yo había acertado, y estaba feliz de haber acertado. Pero, vean, esto es lo que quisiera hacer ahora, en lugar de escribir CF. La fantasía número uno que discurre en mi cabeza es: Descubro a Linda Ronstadt y soy recordado como el joven de Capitol que le hizo firmar. Me gustaría que en mi lápida diga:


DESCUBRIÓ A LINDA RONSTADT
¡Y LE HIZO FIRMAR CONTRATO!

Mis amigos se divierten y son caústicos y despreciativos con mi fantasía de descubrir a Ronstadt y a Grace Slick y a Streisand y otros. Tengo un buen estéreo (por lo menos los parlantes y el sistema de cinta son buenos) y una enorme colección de grabaciones, y cada noche, de las once de la noche a las 5 de la mañana, escribo con mis auriculares electrostáticos Stax puestos. Mi vicio y mi trabajo juntos. No pueden esperar algo mejor que esto: el trabajo y el pecado unidos. Aquí estoy, escribiendo, y de mis auriculares brota Bonnie Koloc, y nadie más que yo puede escucharle. La broma es, sin embargo, que no hay nadie más aquí, todas mis esposas y novias se han ido hace tiempo. Es otra de las cosas malas de escribir; debido a que es una ocupación solitaria, que requiere una gran atención y concentración, tiende a alejar a tus esposas y novias, sea quien sea quien está viviendo contigo. Este es, probablemente, el precio más doloroso que paga el escritor. Toda la compañía que tengo son dos gatos. Como mis amigos drogadictos (ex-amigos drogadictos, ya que la mayoría de ellos están muertos ahora) mis gatos no saben que soy un escritor reconocido y, al igual que aquellos, lo prefieren así. Cuando estuve en Francia, tuve la interesante experiencia de ser famoso. Allá soy el escritor de CF que más gusta, el mejor de todos en el mundo entero (les digo esto porque tiene importancia). Fui Invitado de Honor en el festival de Metz que ya he mencionado y di unas charlas que, típicamente, no tenían gran significado. Sin embargo los franceses no pudieron entenderlo, a pesar de la traducción. Algunas cosas se desarreglan en mi cerebro cuando escribo discursos; creo que imagino que soy una reencarnación de Zoroastro trayendo noticias de Dios. Por eso trato de dar la menor cantidad posible de discursos. Llámenme, ofrézcanme un montón de dinero para dar una conferencia, y les daré un hilvanado pretexto para no hacerlo; diré cualquier cosa, una mentira palpable. Pero era fantástico (en el sentido de irreal) estar en Francia y ver todos mis libros en magníficas y caras ediciones en lugar de los libros de bolsillo del tipo que Spinrad llama tapas "a ojo pelado". Los dueños de las librerías venían a estrechar mi mano. La Municipalidad de la Ciudad de Metz hizo una cena y una recepción para nosotros, los escritores. Estaba Harlan, como ya dije, y también Roger Zelazny y John Brunner y Harry Harrison y Robert Sheckley. No había conocido a Sheckley antes; él es un caballero. Brunner, como yo, es corpulento. Hacíamos interminables comidas juntos, Brunner se aseguró de que todos supiésemos que hablaba francés. Harry Harrison cantó el Himno Nacional Fascista en italiano en voz alta, mostrando lo que piensa del prestigio (Harry es el iconoclasta del universo conocido). Los editores acechaban en todos lados, lo mismo que el periodismo. Fui entrevistado desde las ocho de la mañana hasta las 3:30 de la mañana siguiente y, como siempre, dije cosas con las que volverán a perseguirme. Fue la mejor semana de mi vida. Pienso que allá en Metz fui realmente feliz por primera vez; no debido a sentirme famoso sino porque había mucha excitación en aquella gente. Los franceses se excitaban salvajemente al decidir qué ordenar de un menú, tal como pasaba en las viejas discusiones políticas que solía tener en Berkeley, sólo que aquí se hablaba de simple comida. Decidir por qué calle se va a caminar implica diez franceses gesticulando y vociferando y luego saliendo en direcciones diferentes. El francés, como Spinrad y yo, ve la posibilidad más improbable en cada situación, lo cual es, con certeza, la razón de que yo sea tan popular allá. Tomen un número de posibilidades y el francés seleccionará la más descabellada. De modo que he vuelto a casa. Podría haberme vuelto histérico entre gente predispuesta a la histeria, gente incapaz de tomar decisiones o actuar debido a lo dramático del mismo proceso de decisión. Así soy yo: paralizado por la imaginación. Para mí una cubierta pinchada en mi auto es (a) El Fin del Mundo y (b) Una Indicación de lo Monstruoso (aunque olvidé por qué).
Esto es lo que amo de la CF. Amo leerla; amo escribirla. El escritor de CF no ve posibilidades sino descabelladas posibilidades. No es "que tal si..." sino "Oh Dios, que tal si..." en forma frenética e histérica. Los marcianos están siempre por llegar. El Señor Spock es el único calmo. Esto es porque Spock se ha convertido para nosotros en el dios de un culto; calma nuestra normal histeria. Equilibra la proclividad de la gente de CF a imaginar lo imposible.


KIRK (frenéticamente): ¡Spock, el Enterprise está por estallar!
SPOCK (con calma): Negativo, Capitán; es sólo un fusible fallado.


Spock tiene razón siempre, aún cuando está equivocado. Es el tono de la voz, su razonabilidad sobrenatural; no es un hombre como nosotros; es un dios. Dios habla de esta forma; todos lo sentimos instintivamente. Por eso ponen a Leonard Nimoy a dirigir programas pseudo científicos de TV. Nimoy puede hacer que cualquier cosa suene plausible. Ellos pueden estar a la búsqueda de un botón perdido o del cementerio de elefantes, y Nimoy calmará nuestras dudas y miedos. Me gustaría como psicoterapeuta; podría irrumpir frenéticamente, lleno de mis miedos histéricos usuales, y él los ahuyentaría.


PHIL (histéricamente): ¡Leonard, el cielo está cayendo!
NIMOY (con calma): Negativo, Phil; es sólo un fusible fallado.


Y yo me sentiría bien y mi presión sanguínea bajaría y podría continuar con la novela en la que estoy trabajando desde hace tres años, al borde de mis límites.
Al leer los cuentos incluidos en este volumen, ustedes deberán tener en mente que la mayoría fueron escritos cuando la CF era tan despreciada que virtualmente no existía a los ojos de todos los EE.UU. El desprecio hacia los escritores de CF no era divertido. Hacía miserables nuestras vidas. Hasta en Berkeley —o especialmente en Berkeley— la gente decía: "Pero, ¿estás escribiendo algo serio?". No ganábamos dinero; pocas editoriales publicaban CF (Ace Books era la única que publicaba libros de CF con regularidad); y se abusaban cruelmente de nosotros. Elegir como carrera ser escritor de CF era un acto de autodestrucción; en efecto, la mayoría de los escritores ni siquiera podían concebir que alguien lo tomara en consideración. El único escritor que no era de CF que me trató con cortesía fue Herbert Gold, a quien conocí en una fiesta literaria en San Francisco. Me autografió una tarjeta de esta forma: "A un colega, Philip K. Dick". Guardé la tarjeta hasta que la tinta se desvaneció y le sigo agradecido por su caridad. (Sí, esto es lo que significaba, entonces, tratar a un escritor de CF con cortesía.) Para tener una copia de mi primer novela publicada, Lotería solar, tuve que pedirla especialmente a la librería City Lights de San Francisco, que se especializaba en rarezas. Así que tengo que confrontar en mi cabeza la experiencia de 1977, en la cual el intendente de Metz me estrecha la mano en una recepción oficial; y la ordalía de los cincuenta, cuando Kleo y yo vivíamos con noventa dólares por mes; cuando ni siquiera podíamos pagarnos el lujo de un libro usado; cuando yo, si quería leer una revista tenía que ir a la librería porque no sabía si me iba a alcanzar para comprarla; cuando estábamos viviendo, literalmente, de comida para perros. Yo pienso que ustedes deben saber esto; específicamente en el caso de que sean, digo, veinteañeros y algo pobres, y tal vez estén empezando a llenarse de desesperación, sean escritores de CF o no, sea lo que sea lo que quieran hacer de sus vidas. Pueden tener un montón de miedo, y a menudo es un miedo justificado. La gente se muere de hambre en los EE.UU. Mi odisea financiera no terminó en los cincuenta; en mitad de los setenta yo seguía sin poder pagar la renta, no tenía recursos para llevar a Christopher al médico, no tenía auto ni teléfono. El mes que Christopher y su madre me dejaron gané nueve dólares y eso fue hace tres años. Sólo la bondad de mi agente, Scott Meredith, al prestarme dinero cuando estaba quebrado, me permitió salir de aquello. En 1971 tenía que pedir comida a mis amigos. Ahora vean, no busco simpatía, lo que intento hacer es decirles que la crisis de ustedes mismos, su odisea, asumiendo que tienen una, no es algo que va a durar para siempre, y quiero que sepan que ustedes sobrevivirán gracias a su coraje, ingenio y un cambio de vida. He visto chicas de la calle sin educación sobreviviendo horrores imposibles de describir. He visto la cara de hombres cuyos cerebros habían sido quemados por la droga, hombres que todavía podían pensar lo suficiente como para darse cuenta de lo que había pasado con ellos; vi sus desmañados intentos por aguantar y salir de un temporal del que no hay salida. Como en el poema "Atlas" de Heine: "Arrastro lo que no puede ser arrastrado". Y luego "¡Y en mi cuerpo mi corazón quisiera romperse!". Pero este no es el único ingrediente de la vida, y no es el único tema en la ficción, mía o de cualquier otro, excepto, tal vez, en el caso de los nihilistas y existencialistas franceses. Kabir, el poeta sufí del siglo dieciséis, escribió: "Si no has vivido por algo, eso no existe." Así que vivan por algo; quiero decir, vayan todo el camino hasta el fin. Ahí es donde se entiende todo, y no a lo largo del camino.
Si tengo que seguir adelante con el análisis del enojo que hay dentro de mí, que se ha expresado por sí mismo en tantas sublimaciones, podría suponer que lo que despierta mi indignación, probablemente, es la insensatez. La insensatez es el desorden, la fuerza de la entropía; en cuanto a mí, no hay valor de redención en algo que no se puede comprender. Mi escritura, en resumen, es un intento de mi parte de tomar mi vida y todo lo que he visto y hecho y adaptarla dentro de un trabajo que tenga sentido. No estoy seguro de haberlo hecho con éxito. Primero, no puedo desmentir lo que he visto. He visto desorden y pesar, y entonces he escrito sobre ellos; también he visto valentía y humor, y la he puesto en mis trabajos. ¿Pero qué hace que todo esto se sume? ¿Cuál es la vasta visión que irá a darle sentido dentro de la totalidad?
Lo que me ayuda —si es que hay ayuda posible— es encontrar la semilla de mostaza de lo cómico en el corazón de lo horrible y fútil. He estado indagando en voluminosos y solemnes asuntos teológicos durante cinco años para la novela que estoy escribiendo, y mucha de la Sabiduría del Mundo ha pasado de la página impresa a mi cerebro, donde fue procesada y guardada en forma de más palabras: palabras que entran, palabras que salen, y un cerebro en el medio intentando determinar, fatigosamente, el significado de todo. De cualquier modo, la otra noche empecé el artículo de Filosofía de la India de la Enciclopedia de Filosofía, una erudita colección de referencia de ocho tomos a la que estimo mucho. Eran las cuatro de la mañana y estaba extenuado (he estado trabajando de este modo en esta novela, haciendo este tipo de investigación, sin parar). Y ahí, en el corazón de este solemne artículo, estaba esto:
"Los idealistas budistas usan varios argumentos para mostrar que la percepción no produce un conocimiento de los objetos externos que sea característico de quien los percibe... El mundo externo consiste supuestamente de un número de objetos diferentes, pero se los puede reconocer como diferentes sólo a causa de que hay diferentes tipos de experiencias 'de' ellos. Pero si las experiencias son distinguibles por esa razón, no hay necesidad de mantener la hipótesis superflua de que hay objetos externos..."
En otras palabras, aplicando la navaja de Occam a la pregunta espistemológica de "¿Qué es la realidad?", los budistas idealistas llegan a la conclusión de que creer en un mundo externo es una "hipótesis superflua", lo cual viola el "Principio de Parsimonia", que el principio que sostiene a la ciencia occidental. Por lo tanto, el mundo externo es abolido, y nosotros podemos ir a atender asuntos más importantes; sea lo que sea lo que puedan ser.
Aquella noche me fui a la cama riendo. Reí por una hora. Todavía sigo riendo. Empujen a la filosofía y a la teología a lo esencial (y el budismo idealista es probablemente la esencia de ambas) y ¿qué conclusión sacas? Nada. Nada existe (ellos han dado prueba, además, de que el yo tampoco existe). Como decía al principio, hay un solo camino: ver todo esto como una broma final. Kabir, a quien ya he mencionado, también veía a la danza y la diversión y el amor como caminos de salida; y escribió sobre el sonido de "los tobillos de los pies de los insectos cuando caminan". Me gustaría escuchar ese sonido; si pudiera hacerlo, tal vez mi enojo y mi miedo y mi presión alta desaparecerían.



Publicado originalmente en Axxón 30, marzo de 1992

jueves, 8 de enero de 2009

Vellum

Tras un largísimo y cansino esfuerzo, varios intentos, así como una considerable carga de tedio insoportable he logrado acabar de leer esta novela.

Me ha costado Dios y ayuda el no inferir cada 10 páginas algo por el estilo de "menuda puta mierda", y no es porque la novela sea mala exactamente. Realmente no encuentro una categoría que pueda realmente ajustar a este púñado de letras.

Si tengo una debilidad manifiesta es la narrativa sustentada en la ida de pinza, pocas cosas me gustan más que una buena paja mental. Como tenía hambre de algo semejante tras el inmenso placer obtenido nuevamente con Wolfe (El caballero mago en concreto) y había leído reseñas muy dispares, ni corto ni perezoso me tiré de cabeza por el libro.

Vellum es intencionadamente oscura y barroca, exige que el lector sea algo más que un receptáculo pasivo, algo a no criticar, sin embargo el contenido que va dando trabajosamente, una vez uno lo ha reposado lo suficiente no sólo deja un sabor amargo sino que en rigor ofrece tanta sustancia como el pedo de una vaca.

Pese a la estructura rocambolesca, a la tendencia a representar continuamente a los personajes como dentro de una tragedia griega en donde cada cual representa algo así como un dios y su ciclo completo, ese aludir a la prototípica lucha de angeles y demás, la cosa es que sencillamente no daba más de si. Por mucho que retorzamos ideas y lenguajes en una plasta estéticamente preciosa, cada trozo que compone el conjunto es en el fondo un pequeño truñito más.

Si Wolfe es oscuro intencionalmente esa oscuridad es fundamentalmente un lugar que ofrece al lector la posibilidad de perderse en ellos, en este caso las puertas que abre a la especulación lectora me parecen de una pobreza sublime. Los personajes son meramente receptáculos de ideas y estética chachi, pero más allá del lenguaje barroquil uno no encuentra más que esbozos, trocitos que van de lo brillante a lo coñazo.

Uno se somete a un esfuerzo esperando algún tipo de recompensa, pero al menos yo no soy capaz de encontar algo que se parezca lejanamente a cualquier aspecto relacionado con el concepto de calidad. Verborrea y estética espectacular, pero chicha lo que es chicha más bien poquita.

En fin, una tomadura de pelo de dimensiones colosales, una naderia practicamente ilegible, un coñazo insufrible que me excede por completo intelectualmente. Vamos, en lo que respecta a mi subjetividad falible diría que es una mierda encuadernada.

Para calzar muebles.

miércoles, 7 de enero de 2009

Buf

Aunque parezca mentira no tengo nada que decir. Llevo un tiempo queriendo decir algo, pero con sorpresa descubro que nada hay que añadir.

Es algo, lo sé. Pero únicamente eso.

La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Con el transcurrir del tiempo y las decepciones acumuladas he acabado por padecer una suerte de iluminación idiota que de tan vacía debe tener incluso algo de ontológico, lo cual inherentemente me hace Especial. Este estado se ha ido adquiriendo actuando en la necesidad de reducir el caño de mis jugos gastricos a base de apaciguar mi estómago con una dieta estricta de alejamiento cultural. Hay un momento en el que te das cuenta que no se va a parte alguna cultivando con esmero odios de todas clases. Cuando constatas que ya no queda más que optar o bien por el admitir que el problema debe ser propio y de tipo psicológico (algo que con franqueza un CejAlta nunca haría, no en vano es la mejor máscara donde esconder toda psicopatía), o bien sentenciar esta sencilla afirmación: Casi todo es una mierda, o lo que es peor, un sucedaneo de tal naturaleza. Podría ser algo así como la interpretación Radical de la Ley Sturgeon, en donde ya no es posible el hablar de porcentajes porque todo se reduce a una cota que jamás llega a 100% estirándose con la magia que hace posible que las Pentalogías (incluso las Buenas, oigan) sean PrePrólogos de Heptalogias.

Es algo así como esos vertiginosos abismos cuánticos en los que la realidad es tan inasible como la inteligencia que habita tras Crepúsculo y la moda esa de Vampiros Gays Que Revegetan a Heterosexual en base a una dieta mixta entre neovegetarianismo y el existencialismo de todo a cien. Coño, que por mucho que acumules -ismos no te haces un CejAlta así como así.

La decadencia extrema de todo apocalipsis semántico como el que nos azota siempre viene acompañada de una sintomatología algo engañosa, como si el cáncer que nos devorara por dentro al crecer necesitara una alimentación extra. Y lo malo es que ya sabemos que podemos Matar cualquier cosa, cualquier tendencia, tésis histórica, posición que queramos interpretar, pero que morir morir no muere nada. Con la Historia, la Verdad, y todas esas mayúsculas muertas (se me olvidaba el Arte), nos pasa como con esas historias de zombies salvo por el inquietante hecho de que estos jodidos muertos no se mueren ni con tiro en la cabeza.

Sucede que de pronto encuentro filósofos (aka Licenciados en Historia de la Filosofía, de lo que se entendía por tales antes quedamos -jejeje- muy pocos) cultivando el éxito literario en diversos grados.

No puedo negar mi interés vanidoso en eso, como si de alguna manera misteriosa el éxito de tales criaturas me vindicara como Personaje de alguna manera. Al igual que el Éxito de La Roja es el Nuestro, o parecido proceso al que Seamos los mejores en F1 gracias a Alonso (Pérfida Alvión!!!!!)

Por ejemplo, Gomorra de Roberto Sabiano aún sin ser literariamente gran cosa, es un libro que me ha emocionado especialmente, porque en su expresión es algo así como lo que actualmente debiera ser un ensayo filosófico. Hay una desnudez explícita de la necesidad de no matar la Verdad, un impulso a manifestar un Yo Sé, tan raro hoy en día que por su culpa decidí dar la oportunidad a otros "colegas"

Y aquí entra el libro de Barbery. Posiblemente el incluir un Erizo en el título fue algo que me hizo prestar algo de interés, pero lo mismo es sólo un detalle intrascendente para dar algo de cuerpo a mi vanidad. Nunca se sabe.

Esta porquería de novela en cierto sentido se perfila como un ejemplar perfecto de la tendencia que la filosofía en lo popular parece estar tentada en estos tiempos de tomar. Era algo obvio a fin de cuentas, porque dado el éxito de la "Literatura de Autoayuda" es raro el que la filosofía no se haya pretendido con el derecho privilegiado a hacer lo propio. Ya nos han comido demasiado terreno los orientales.

Cuenta la historia de una portera inaudita, fea como ella sola pero con un fondo de una sutileza intelectual sorprendente. En el contexto precisosistamente cotidiano de un semanal de El País asistimos a la vida y obra de esta excepcional señora autocultivada en Artes y Filosofía ella solita, sola, sola. Además tenemos que añadir a niñ@ hostiable, es una Marca de la literatura actual (pseudo)filosófica, y éxito asegurado si queremos vender una historia a Todo Quiqui. En este caso es niñita ultraextremamegadotada, de inteligencia atrozmente sutil, cuyos planes consisten en querer matarse por aburrimiento existencial no sin antes iluminar a la humanidad con un Diario Profundo.

Niña y Portera han de encontrarse en ese punto de equilibro de la Correctitud Política que nos carcome. Ya estamos muy saturados de mujeres, metamos en honor a la Armonía a un Señor. Por supuesto la vida de estas mujeres brillantes se altera con la llegada de un nuevo inquilino: El Sabio Japonés.

Lo juro, es así. Añade que la familia de la niñita consta de papá del PSOE francés, mamá entregada a las bondades de la psicología y terapias cotidianas y hermana pija insoportable. Y que el Señor Japonés descubre a los Saltamontes Ocultos de las dos féminas anteriores del primer vistazo sólo es el Desarrollo, el Sino, de toda historia Filosófica de Autoayuda.

Vereís no es que me toque las narices todo lo anterior, no especialmente, lo que de verdad me enciende la ira, me desata la necesidad de recogerme en mi cuevita de idiotismo, es toda la cantidad de filosofía que mete. Con la excusa de que la Portera es _Ilustradísima se nos obsequia con disquisiciones filosófica en capitulitos/entradas de blog.

Así asistimos impavidos a una crítica a la fenomenología de husserl en la que casi se cae en lo ad hominem. Asombra porque se introduzca algo que no viene a cuento dentro de una narración digamos que para todos los públicos, de un modo en que se cepilla todo didactismo posible, pero sobre todo jode lo mal que hace la crítica. Lo mal que resume lo criticado, el asentarse en lo superficial, el no ser capaz de ver el fondo. En cierto sentido sólo es una muestra de lo que acoge este libro infernal.

Tópico tras tópico el erizo nos muestra una suerte de Emperador De Toda Inteligencia que acojona, porque una vez se manifiesta te es imposible el no notarlo ya ahí, el ver que se ha extendido a muchas otras obras.

En ocasiones pienso que nos están invadiendo.

Voy a leerme en inglés otro tomito de A la deriva. A ver si se me pasa el mosqueo.