Probablemente la confesión es la actividad lúdica más morbosa que pueda padecer un ateo de mi calaña, precisamente porque aún contando con un bombón tan apetitoso como la idea de pecado se añade un no menos atractivo despelotarse en voluntario. Seguro que es cuestión de tiempo el que alguien descubra la manera de sacar rendimiento monetario a la Deconstrucción de la Confesión, no soy aún lo suficientemente postmoderno para realizar tamaña tarea. Lo mío es más una mera confesión guarrilla desde mi condición de escéptico sin escuela.
Cuando miras un poco con atención las palabras, la semántica que escondemos tras nuestro lenguaje, la realidad te da algo así como una somera somanta de palos. Suele ser un tópico sostener que el conocimiento humano surge de la curiosidad, del deseo por comprender lo que le rodea, del sentido de la maravilla producido por el asombro ante el mundo y bla bla. Está bien, es bonito y resultón, además sirve perfectamente para justificarse como parte de aquellos que se definen por su curiosidad y no como borregos que es lo que somos practicamente casi todos. Pero no nos engañemos su estatus óntico es exactamente el mismo que afirmaciones de la clase de "la belleza está en el interior", "lo que me gusta de una mujer son sus ojos" o "lo que define al hombre respecto a los animales es su racionalidad".
Nacen agnósticos que se presentan como seres llenos de dudas y escépticos racionalistas más rápido que los espárragos después de una buena lluvia primaveral. Por eso tampoco debería extrañar que en los programas de Misterio se hable de cuántica en los sonrojantes términos idealistas de El Sujeto Pone La Realidad, a la par que se critica a la "ciencia oficialista" por empeñarse en negar de continuo un fenómeno que tiene la costumbre de ser fenómeno básicamente cuando le sale de las pelotas a alguien. En el Sótano Sellado se me/nos llaman Mamacapus, algo sobre magnum magisterium nosequé, que debe suponerse alguna suerte de insulto inspirado y creativo. Con segundas además, como suele ser el gusto ibérico. Me encanta, lo adoro y con toda seguridad todos sus significados son ciertos.
Uno debe ser consciente que cuando se llama a sí mismo escéptico está tomando una postura reactiva, y que por tanto la "actividad" escéptica es siempre un efecto más que una causa. Surge en oposición a algo. No se duda por dudar ni puede colocarse una idea de la misma duda como una actividad en sí. Por eso un escéptico no duda del mundo, sino de sus iguales. No duda de la objetividad del mundo sino de lo que entienden por tal aquellos que se han apropiado del concepto, se duda de las explicaciones, de las conclusiones, de las buenas intenciones y por supuesto de la Guardia Civil. Es obvio que no es una actividad dada al futuro, sino presentual, uno no sabe si va a seguir dudando mañana. El Escepticismo en su Aescuela es, sí, justamente lo que estaís pensando: una puta ETT, por muy filosófica que se precie.
Se es escéptico a la manera adolescente, porque aparece como un adolecer, una falta, un hambre de llenar vacíos.
Esto último es especialmente significativo, por cuanto que no se prohíbe la existencia de un conocimiento verdadero, de una objetividad, tal cosa sería caer en un dogmatismo y ser de manera inmendiata no-escéptico; y al mismo tiempo se manifiesto un deseo de comprender el mundo como algo que no pongo yo, que no depende de mi. Podría decirse que alguien es escéptico en la medida en que carece de identificaciones claras como tal.
Mi mantra escéptico, que no es un argumento ni en sí misma una afirmación tal cual es "no creas cuanto deseas creer" o "no afirmes aquello que quieres creer" Ponte en guardia cuando te guste lo que oyes, cuando examines en tí la predisposición a creer lo que sea con el fervor de la certidumbre. No se es estrictamente escéptico sino que se padece escepticismo, y en lo fundamental el miedo al engaño no viene de la crítica hacia lo de fuera, sino en primer lugar a uno mismo (y sin cobrar el dineral de la mayoría de escuelas de yoga).
Es por ello que la única solución que uno encuentra a la nebulosa convinción del escepticismo es serlo a la manera de lo desvergonzado e ir justo en dirección opuesta a cualquier advertencia de peligro. Si realmente eres eso que dices es virtualmente imposible el caer en lo dogmático, lo cual incide en el feliz hecho de que caminas sobre las aguas procelosas de la cropofagia sin mancharte un ápice en el disfrute. Esto es, puedes ser Ikerjimenero sin sucumbir a sus efectos, moverte con libertaria desvergüenza y aceptar sin rubor que toda esa cháchara te gusta.
¿Acaso no es preciosísimo vivir en un mundo poblado de apariciones, en donde siempre es posible encontrar algún uso trascendental a la grabadora de casette que compraron los agüelos en Ceuta cuando la tele era en blanco y negro, con sus Antártidas, sus momias vampíricas, los chupacabras (qué gran película porno espera tras este sugerente título!), informes Manises (ains qué recuerdos), hombres de Hummus o Ummus y palabras tan preciosas como parafonía, termogénesis, oopars y ruinas ocultas en la Luna? ¿Eh?
En fin, los listos (pocos) os lo estareís oliendo desde hace rato, y es cierto: soy escéptico por miedo cerval a mí mismo.
Es lo que tiene el fantasear con el cuerpo astral desnudo de Carmen Porter, ¿hablará también en el eter intermundano de lo astral con esa frialdad monacal tan monjilmente incitadora?
Lo dudo.
miércoles, 29 de abril de 2009
lunes, 6 de abril de 2009
Déjame entrar
Debo agradecer el haber visto esta peli al tristemente desaparecido Iarsang, esa entidad nebulosa que en ocasiones habita el messenger y que tiene la rara virtud de conseguir que se le añore vivo exactamente igual que si estuviese muerto.
Y es un agradecimiento sentido y sincero, puesto que me permite hablar bien de algo por una vez a la par que ha logrado despertarme un amor que creía muerto a estas alturas: el cine. Tras una sucesión de traiciones sentimentales y mosqueos de todas densidades al final, cuando la esperanza empezaba a verse más como una carga que otra cosa, me topo con un trocito de cine de Verdad. Cuando uno empieza a sentir que incluso formalmente un medio/género/loquesea apesta la cosa pinta realmente mal, tal grado de radicalidad siempre, repito, siempre está desapegada de la realidad. Es imposible que el cine sea la máquina de producir mierdas que he estado viendo estos últimos años. Claramente es una deficiencia mía, no puede ser otra cosa.
Déjame entrar es la película más bonita que me he echado a los ojos en probablemente una década, no encuentro ningún defecto reseñable, más bien virtudes por todas partes. Mira que a estas alturas una peli de miedo con niño es básicamente una tortura, si encima añades historia de amor entre niña vampiro y niñito humano depauperado, las alarmas atronan hasta llevar a la sordera a un muerto. Si os da por seguir esta recomendación es seguro que os sentireís sucios por haber identificado mentalmente esta peli con Crepúsculo.
Película de ritmo pausado logra no sólo emocionar hasta el tuétano sin hacer uso de alardes visuales ni pirotecnia concesiva, sino que no sigue en rigor el menor tópico. Hay desde su comienzo un deseo manifiesto de no ser otra peli de vampiros, y precisamente por eso alcanza a convertirse en una Obra Maestra, una lección de lo que debería ser el género. La desnudez con la que se nos presentan los personajes, esa cálida humanidad que no se define en términos de buenismo tontorrón, en donde no se escamotea nada, tanta carga de verismo no en términos de correspondencia sino en lo literal. Joder, hacía mucho que no veía un ejemplo artístico que reflejara con precisión lo que es el despertar de la adolescencia, del sexo, y al mismo tiempo no buscar despertar aquello que queremos oir.
La niña vampira no pierde jamás su condición de monstruo, de ser otra cosa que humano, las victimas no son seres que se merezcan morir por sus conductas morales desviada, en ocasiones sólo son víctimas de una necesidad. No hay tampoco esa fantasia sexual masturbatoria propia del género en estos tiempos, no hay un esteticismo dérmico, superficial y posturil. Uno puede esperar una historia de amor de niños, cargada de una nostalgia adulta que hace por propia naturaleza que todo sea falso, porque la peli logra mostrar realmente a niños, incluso asumiendo que aquella niña no lo es, precisamente demostrando que no lo es en absoluto. Por eso no hay concesiones, sabemos qué es lo que motiva a la vampira a buscar un “acompañante”, y aún así emocionarnos porque a pesar de esa condición, de esa necesidad de supervivencia, hay amor.
Es todo de una elegancia tan sencilla que roza lo sublime, aunque sólo fuera por la honestidad de la historia que cuenta, en la que no se nos escamotea nada, incluso un primer plano de un chochete púber encantador. La ejecución formal de la escena final es bellísima, preciosa, abundando en escenas cargadas de pequeños detalles en los que se carga gran parte de la densidad de la historia.
Para mi ha sido como recibir un bautizo consciente, deseante, de esos que conforme se materializan despiertan en ti la consciencia de la enormidad del hambre sufrida, de lo pesado del trecho de nihilismo que se ha sobrellevado. Joer, te sientes orgulloso de que te gusten estas cosas en lugar de sentir vergüenza de pertenecer a un club en donde hasta los viejos llevan maneras de adolescente pajillero.
Y es un agradecimiento sentido y sincero, puesto que me permite hablar bien de algo por una vez a la par que ha logrado despertarme un amor que creía muerto a estas alturas: el cine. Tras una sucesión de traiciones sentimentales y mosqueos de todas densidades al final, cuando la esperanza empezaba a verse más como una carga que otra cosa, me topo con un trocito de cine de Verdad. Cuando uno empieza a sentir que incluso formalmente un medio/género/loquesea apesta la cosa pinta realmente mal, tal grado de radicalidad siempre, repito, siempre está desapegada de la realidad. Es imposible que el cine sea la máquina de producir mierdas que he estado viendo estos últimos años. Claramente es una deficiencia mía, no puede ser otra cosa.
Déjame entrar es la película más bonita que me he echado a los ojos en probablemente una década, no encuentro ningún defecto reseñable, más bien virtudes por todas partes. Mira que a estas alturas una peli de miedo con niño es básicamente una tortura, si encima añades historia de amor entre niña vampiro y niñito humano depauperado, las alarmas atronan hasta llevar a la sordera a un muerto. Si os da por seguir esta recomendación es seguro que os sentireís sucios por haber identificado mentalmente esta peli con Crepúsculo.
Película de ritmo pausado logra no sólo emocionar hasta el tuétano sin hacer uso de alardes visuales ni pirotecnia concesiva, sino que no sigue en rigor el menor tópico. Hay desde su comienzo un deseo manifiesto de no ser otra peli de vampiros, y precisamente por eso alcanza a convertirse en una Obra Maestra, una lección de lo que debería ser el género. La desnudez con la que se nos presentan los personajes, esa cálida humanidad que no se define en términos de buenismo tontorrón, en donde no se escamotea nada, tanta carga de verismo no en términos de correspondencia sino en lo literal. Joder, hacía mucho que no veía un ejemplo artístico que reflejara con precisión lo que es el despertar de la adolescencia, del sexo, y al mismo tiempo no buscar despertar aquello que queremos oir.
La niña vampira no pierde jamás su condición de monstruo, de ser otra cosa que humano, las victimas no son seres que se merezcan morir por sus conductas morales desviada, en ocasiones sólo son víctimas de una necesidad. No hay tampoco esa fantasia sexual masturbatoria propia del género en estos tiempos, no hay un esteticismo dérmico, superficial y posturil. Uno puede esperar una historia de amor de niños, cargada de una nostalgia adulta que hace por propia naturaleza que todo sea falso, porque la peli logra mostrar realmente a niños, incluso asumiendo que aquella niña no lo es, precisamente demostrando que no lo es en absoluto. Por eso no hay concesiones, sabemos qué es lo que motiva a la vampira a buscar un “acompañante”, y aún así emocionarnos porque a pesar de esa condición, de esa necesidad de supervivencia, hay amor.
Es todo de una elegancia tan sencilla que roza lo sublime, aunque sólo fuera por la honestidad de la historia que cuenta, en la que no se nos escamotea nada, incluso un primer plano de un chochete púber encantador. La ejecución formal de la escena final es bellísima, preciosa, abundando en escenas cargadas de pequeños detalles en los que se carga gran parte de la densidad de la historia.
Para mi ha sido como recibir un bautizo consciente, deseante, de esos que conforme se materializan despiertan en ti la consciencia de la enormidad del hambre sufrida, de lo pesado del trecho de nihilismo que se ha sobrellevado. Joer, te sientes orgulloso de que te gusten estas cosas en lugar de sentir vergüenza de pertenecer a un club en donde hasta los viejos llevan maneras de adolescente pajillero.
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