viernes, 11 de diciembre de 2009

Para anormales

Cuando dejas un vicio el vacío que deja suele usualmente cubrirse a su vez con otro vicio. Creo que es la razón fundamental por la que odiamos pública y colectivamente a las drogas: siempre es mejor y más fácil encontrar culpabes fuera. Mi experiencia concluye que es el único espacio humano en donde funciona realmente el principio de semejanza, así que el nuevo vicio en su esencia no suele ser muy diferente del anterior.

Llevo más de cuatro meses sin ver ningún canal de televisión, en mi tele básicamente se ve aquello que descarga el ordenata que está a su verita, por lo que no hay realmente un sacrificio de la llamada con razón caja tonta. Pero no es este el vicio sustitutivo al que me refería.

La desaparición de lo catódico ha multiplicado por cien mi interés morboso por lo para anormal, desarrollándose con una presteza y fortaleza propia del mejor de los diseños inteligentes. Aunque en honor a la sinceridad es algo cuya semilla lleva germinada en mi interior una cantidad de tiempo aún mayor que mi amor por el frikerío. Tanto es así que siempre me he preguntado hasta qué punto depende una cosa de otra.

No puedo ser un escéptico más, me resulta extremadamente difícil encarar la cuestión desde el aparanormalismo que encuentro habitualmente en los círculos escépticos. Es algo motivado no únicamente por mi mierdismo escéptico, mi adscripción a este palabro es sucieta, lo sé, algo guarrindonga, pero no es por eso por lo que no puedo sentirme cómodo entre los que pensaba no hace mucho que eran mis hermanos.

Entiendo que el escepticismo se redondea en su preciosa forma de duda presentual, cuyo objeto debe ser la búsqueda de la paz de espírtu, algo que necesariamente conlleva un cierto grado de desconfianza. Desearía poder ser un investigador avezado del maguferismo, charlatanismo y en general la tendencia comercialoide que tan bien llevan los Jimenez, Sierras y Amoroses de este mundillo. Buscar las razones prosaicas que ocultan sus misterios me da un morbo mayúsculo, pero lo veo como un esfuerzo demasiado costoso. No puedo verme a mi mismo como activista de nada, ya no. Menos puedo ser un defensor del racionalismo científico, o del cientifista. Básicamente porque tengo una pobre formación, pero sobre todo porque aunque la ciencia es el conocimiento humano al que debo mayor respeto de largo, este no alcanza a transmutarse en credo para mi. Su valor está de hecho en que no necesita en el fondo de credo alguno, y eso me tranquiliza. Por eso me llama mucho la atención que los "círculos escépticos" que se sostienen en tanto que némesis del maguferismo sean en general tan contumaces a la hora de mostrarse como racionalistas cientifistas radicales. Imagino que es por esa actitud contemporanea (y de más atrás) de los filofilosofistas filosofiescos de pegarse a la ciencia para mostrar algún aire de dignidad compunjida. Es chachi que la única función filosófica sea el pegarse cual gonorrea al púbis científico, aunque seamos escépticos que a cualquier escéptico clásico produciría arcadas cuando no una tendencia asesino sodomizante la mar de molesta... imagino.

Lo peor es que no puedo negarme el gozo que me produce el Misterio.

Profeso un cariño tontorron pero firme a buena parte del patrio horizonte de Magufos Profesionales, muy especialmente a aquellos que han sabido adaptarse a las circunstancias y crecer a su peculiar modo. Bruno Cardeñosa con su Rosa de los Vientos, probablemente el mejor de los programas de radio en muchos aspectos, pero en lo que mi interesa: en el lograr parecer más racional de todos. En ocasiones crees estar incluso oyendo divulgación científica, incluso ya dudas cuando efectivamente lo es de tan mezclada que queda la cosita. Miguel Blanco con su naif y encantador tendencia a creerlo todo, candorosamente eso lo salva de cualquier quema a mis ojos. Los abiertamente creyentes, los que no dudan ni quieren parecer que lo hacen, esos son los mejores. Uno hasta puede creer que guarda algo de confianza en ellos. Los hermanos artífices de la otrora llamada Sexta Dimensión (ains esa obsesión por las dimensiones y las "frecuencias"!!), ahora Más Allá de la Realidad son también de estos. Un candor en el creer de tal amplitud que se me hace difícil el pensar en un interés malicioso por la mentira. Es una pobre excusa, soy consciente de ello, eso mismo en los curas pulpiteros (o pulperos, según los casos) que me enerva hasta la rabia lo aprecio en estos casos como algo hasta encantador. Pero la cosa aún paradójica funciona así en mi cerebro, triste y vergonzosamente.

Son los Javier Sierra, Amorós, Iker Jimenez y Señora así como un buen puñado de otros los que me desesperan.

Al igual que soy un ateo, es decir, niego con fervor la existencia de Dios, creo con total sinceridad que el mal llamado fenómeno ovni es meramente un asunto sociológico, un modo de mantener supersticiones candorosas cuya función en lo real es siempre derivado. Sucede que me he dado cuenta de que después de tantos años odiando lo postmoderno resulta que descubro su infección en mi. Actualmente no puedo negar de ningún modo mi adscripción a lo Posmoderno (ya ni siquiera con la "t"), vivo en una esfera en la que lo único importante en términos cognoscitivos lo encuentro en lo narrativo.

Lo para anormal para mi es básicamente narración, cuento en todo el sentido del término, en el bueno y el peyorativo. La larga línea de lo para anormal va en paralelo con la narrativa pulpera, con los cuentos de fantasmas románticos, es más cercano al candor con la que el creador de Holmes creyó en las fotos de hadas. Así el método principal consiste en recoger testimonios, esto es, historias, narraciones parciales. Es obvia la dificultad gigantesca que entraña el obtener un algo objetivo de una colección de testimonios. Esto es algo que puede verse claramente en multitud de experiencias, o si se prefiere en no pocas obras artísticas como Rashomon o La investigación, de Kurosawa y el Gran Lem respectivamente. Si esto fuera así las ciencias hubiesen progresado muchísimo más en lugar de cometer la poco inteligente práctica de acudir a los objetos, o experimentar con ellos. Muy probablemente la política sería una continua realización de lo utópico.

Lo más peor, como quien dice, es que sin asumir este problema ni maniferstar honestamente su conocimiento lo soslayamos con un volver a lo mismo: los Testigos de Élite. Queda "más" demostrado si los testimonios proceden de pilotos, oficiales del ejército y en general cualquier profesional "serio" en la visión narrativa colectiva.

Otra perversión de este tronco es el amor por el legajo. En un conocido fraud... diiigo fiasco Ikerjimeniano tal inventisgador demuestra la existencia del Hombre Pez de algún rincón patrio sacando a la luz partidas de nacimiento la hostia de viejas en donde supuestamente el cura deja constancia de tal naturaleza híbrida lovefcraftiana. Aún en el caso de que tales documentos fueran EXACTAMENTE lo que se dice de ellos, ¿qué demostramos? Pues el Testimonio De Élite Versión Vejunísimo.

No, no, no, mi ateismo me prohibe el creerme tal cosa, de ser así todas las Revelaciones Divinas son Completamente Ciertas, y salvo que se anulen entre si totalmente creando un universal vacío me niego a admitir ni de lejos tal monstruosidad.

Curiosamente el "fenómeno paranormal" y en concreto el Ovni suele germinar en el uso de una metodología 100% narrativa. Es manifiestamente imposible el enfrentar desde la ciencia lo para anormal porque de suyo, por definición, toda ciencia debe tener un claro objeto de estudio. En las "para ciencias" esto ocurre justo a la inversa: todo el esfuerzo es dedicado a "demostrar" la existencia del objeto, por lo que el fenómeno deja de ser "lo que se muestra" para pasar a ser "lo que se debe mostrar".

En realidad el trabajo para anormal consiste en buscar fenómenos que se le escapen a los científicos por falta de carisma. Esto es fundamental porque si os fijais todos se apropian de cualquier ciencia que sea carismática. Es ese aspecto de "personaje" narrativo lo que interesa a los magufos. Sacan cuando pueden ejemplos de científicos que corroboran sus chorradas con una actitud sacapechito muy bonica, sin considerar siquiera que la Ciencia no es algo que represente cada científico en particular, aunque claro es difícil hacer de personaje carismático algo de una lentitud enorme, con una obsesión radicalmente enfermiza por la revisión. Anda ya! Suyos son los Einsteins de las camisetas, el Darwin aventurero más que el tipo con sesera. Es mejor aliñar descubrimientos con "historias" que centrarse realmente en el contenido de los mismos.

Observar la realidad, intentar comprender lo que somos, todas esas cosas bonitas que surgen del enfrentamiento con el misterio, es decir, el deseo de desentrañar conocimiento no es suficiente si no se tiene en cuenta la marginalidad de la realidad. Lo realmente real es marginal, se escapa de lo mismamente real, por eso los cerriles científicos no son capaces de darse cuenta y se rayan tanto cuando hablamos de fantasmogénesis o parafonías.

Entre el 15 y el 30% aproximadamente de todo programa magufo consiste en llorar por el victimismo sometido por los Dogmáticos niegamisterios, justificandose en el uso de un proceso investigativo cuando debieran decir hinbestijatibo. Ya sabemos: el periodista solitario, incomprendido, que monta una historia veraz a través de una experiencia para anormal reveladora. Las Pruebas se las robaran, desapareceran, o sino serán borrosas, oscuras, más un pasatiempo sudokil que una nítida mostración de algo. Así todo "fenómeno para anormal" es en primera instancia narrativo, por eso va parejo su desarrollo magufo periodístico en nuestros amados géneros literarios.

Tanto es así que ya presentíamos como hinbestijadores de éxito van ganando los premios Minotauros que es cosa mala, muy probablemente iker, señora, o algunos de los habituales vayan ganando premios en lo sucesivo. Buscad la historia curricular de Clara Tahoces, por ejemplo, o los apellidos del último, una novela estúpida sobre "estructuras" en la Luna, muy oportunamente ganada con los cumpleaños luneros y profusamente documentada en los documentales del papá del autor o de Benítez, ambos con un largo historial de usos de documentales falsos como verdaderos.

Así que ya os digo, este es un blog centrado en el frikerío narrativo ergo es un blog Para Anormales.

Besitos.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Esto no es una entrada

No sabía yo, cuando era un adolescente monja y asistía caritativamente como una amorosa enfermera a los amiguetes en un concierto de Loquillo, entre vómitos y porros que sólo fumaba pasivamente, que le pagaría una pensión a ese señor en el futuro. Desconocía también que la década de los ochenta me perseguiría con esa saña que tan inteligentemente saca cuartos a la par que te etiqueta moralmente como "pirata".

Es un consuelo, eso sí, el no haber vivido conscientemente los últimos años de los 70, prefiero a tener como sodomizador cultural a Loquillo que al Rey del Pollo Frito, aún cuando subvencionar subvenciono a ambos.

Pero el desconcierto me viene porque no sé interpretar correctamente el término "pirata". Leo el último libro que han publicado de Wolfe, echo un vistazo al de Tim Powers que me mira desde la estanteria, y recuerdo de sopetón los libros de Salgari que me regalaban una y otra vez cada cumpleaños. ¿Soy pirata en algún sentido de los de esas obras? El periódico me informa que no, que seguramente ese pirata esté más en relación con aquellos dos somalíes que con nada que apeste lejanamente a romanticismo aventuril.

Sospecho que no hay nada romántico en eso que dicen que soy, me tranquiliza a medias el hecho de que la cosa no es un delito, ¿o sí? Soy un ladrón porque robo, sin embargo ese robo no viene afectado legalmente, de resultas de lo cual no es un robo delictivo. Debe ser moral. Soy un pirata porque soy un ladrón moral.

Añoro cuando en mi infancia existían las matines, esas horas robadas al asueto findesemanil, encerrados en un cine apestoso (futurible sala X) viendo pelis sin descanso, pelis B mezcladas con Z. De verdad que me hubiese gustado pagar un canón por salvar aquel tipo de negocio. Imagino que incluso sus nuevas condiciones de salas x han pasado a ser también un negocio extinto.

Pero también añoro las viejas tiendas de los zapateros, los desavíos que habrían siempre, hasta los domingos y en donde se desplegaba un universo supermercadil a pequeña escala. Uno podía esperar a que le dieran las vueltas, o a que apuntaran en un ajado cuaderno, con letra ilegible un debe que se ajustaba a final de mes, acompañado de alguna chuche. Llevan ya un tiempo rondando una estinción silenciosa, que no pide cánones.

Incluso añoro el que me echaran la gasolina, no porque me sirvan, sino porque un señor se lleva una nómina a casa mientras que una máquina sólo se lleva mis huellas.

Lo que sí sé, con total seguridad, es que no cedería ni un ápice de libertad para que cualesquiera de mis nostalgias se mantuvieran intocadas, perennes. Las cosas cambian, y el universo capitalista en el que me muevo no es amable ni cariñoso conmigo. No logro entender por qué cuando un negocio se muere por falta de actualidad, porque se ha pasado su tempus vital, debo vestirme con las ropas morales sucias de un pirata y cargar sobre los hombros con una culpa, casi una pena capital. No es suficiente con hacerme cargar con las culpas del cambio climático, la pobreza en el mundo o cualesquiera de esos pecados que son responsabilidad última de mis acciones. Ahora resulta que además de robar el trabajo de otros contribuyo a cargarme la preciosa cultura.

Podría decir que estando hasta los cojones de que el catolicismo me cuelge cartelitos morales el que toda una industria, incluyendo ministerios, presuponga que soy un ladron moral por su incapacidad para reformarse supera con mucho cualquier expresión malsonante.

No sólo la burbuja inmoviliaria se ha ido a tomar por culo, sino también una innombrada, la apestosa Burbuja Cultural. ¿Y saben qué? Me alegro.

Entiendo que los autores deban cobrar por su trabajo, pero si eso supone la subvención de una industria a la que no debo absolutamente nada, que no me ha enriquecido en ningún aspecto, además de la asunción de culpabilidad moral, pueden meterse su derecho al trabajo en el mismo lugar que me lo han metido a mi.

Respeto muy mucho a cualquier artista, al menos en lo relativo al trabajo, al igual que respeto sus derecho a posturarse moralmente como deseen, pero sin embargo el juicio moral, permítanme que en ese sentido tenga mis reservas. De hecho en lo relativo a la moral del que suscribe, no puedo menos que manifestar mi hartazgo por pagar juegos a 60 euros, en un precioso cambio de divisas consistente en dolar=euros, cuyos manuales de instrucciones son dos folios doblados, en B/N y con traducción deficiente. Me he llevado años buscando esa cultura preciosa por rincones oscuros, persiguiendo libros descatalogados por librerías de viejo, o comprando cds a precio de oro, DVD que cuestan más que en Usa, por ejemplo, y que están infinitamente peor editados, sin incluir extras y demás. Incluso alguna serie de TV con capítulos doblados sólo en parte o con subtítulos deficientes en extremo. El robo en todo caso queda de mi cuenta si lo descargo de internet.

Por alguna razón este sistema capitalista es presentado como buenísimo cuando las cosas les van bien a las compañias. Si esto no es así somos los usuarios los que cargan con todo tipo de prevendas morales, somos los asesinos de una industria salvífica, y tenemos en frente a las pobres víctimas, los artistas sin remuneración, en paro. Es curioso, le leo a Almudena Grandes su enfado porque los internautas comparen el derecho a la libertad de expresión con el derecho de autor, cuando en su lugar se debería hablar de derecho al trabajo. Curioso porque ahora es el tipo de a pié el que debe preocuparse por el derecho al trabajo ajeno, no los sindicatos, no el gobierno, sino yo, que me descargo las series de televisión useñas (me gustaría hacer lo propio con la música comercial e "indie", con Física y Química o Cuéntame Cómo pasó o El Internado. Por desgracia me parecen productos culturales de mierda, basura apaestosa sin el menor interés, al igual que básicamente el 99% de la música española desde los 80 en adelante, empezando por Loquillo, desde luego, o todos aquellos de la Cejita Zapatero.

Por todo esto acepto la etiqueta de ladrón moral, lo que no acepto es el intento continuo de recurrir a una ilegalidad inexistente y el uso de un concepto que no encaja en la realidad. Ni me siento sucio o culpable, ni desde luego ocultaré mis prácticas ya que no son ILEGALES.

Tenemos una Cultura Inflada, Comercial y Comercialoide, que no merece la pena, que carece de calidad, con una industria que saca pecho cuando puede y cuando no pone en la línea a los currelas y se quita de enmedio.

Oh, recuerdo cada perrería, cada bajeza sufrida, las ediciones de libros lamentables, las traducciones incomprensibles, la falta de profesionalidad editanto, esa cultura de precio de oro que debemos llorar por su extinción.

JODER, APRENDAN A VENDER SUS PRODUCTOS ACORDE CON LOS TIEMPOS, ACEPTEN EL DEVENIR COMO HACEMOS TODOS Y A-D-A-P-T-E-N-S-E.

Hace más de medio año que no veo la televisión, y practicamente toda la vida sin un interés especial por lo que la industria cultural de este país me ha vendido como Cultura. Que disfruten de mis pagos de canón, es el único dinero que verán de mi.