miércoles, 27 de julio de 2011

Entheos

A poco que osculte superficialmente mi estado de ánimo, o mejor, mi estado humano en general, no puedo menos que notar una más que apreciable falta de entusiasmo. No quiero decir con esto que adolezca de poca fe en lo relativo al ver los vasos medio llenos o medio vacíos, por mis partes se pueden ir al carajo tanto los optimistas como los pesimistas, a fin de cuentas unos y otros se aferran a una realidad en la que la vara de medir lo lleva algo tan etereo como el estado de ánimo. El perro que me queda, que no es un cachorro precisamente, ha descubierto recientemente el noble arte de limpiarse el pincel, de resultas de lo cual debo vivir todas las noches un recital de envidiables lameteos en modalidad "nocturno de piano y cuarteto de cuerdas" que si bien no puedo decir que sea recofortable de por si, resulta un recurso educativo de tan poca profundidad como honda es su paideia. Y es que no es tanta la envidia por la posibilidad de darse un gusto tan extenso como sencillo en su aplicación, como por el entusiasmo que el bicho dedica a tal actividad, todo él se torna una serpiente ouroboros con intereses más prosáicos que la Eternidad.

Decían los griegos que el entusiasmo, el entheos, consiste en la vivenvia íntima de dios desde nuestro interior, quizás el encontrarse con una naturaleza que apresa fuertemente con una mano llena de resquicios hacia afuera, para mi era algo tan simple como el bañarme en lo narrativo. Leía, escuchaba y vivía con un entusiasmo que he perdido, nunca importó que por cada milésima de divinidad que encontraba en una narración haya debido hicarme porciones de mierda infinita, incontable, no mensurable en todas sus notas de realidad. Pero es que incluso eso suponía una suerte de entusiasmo, siempre he aprehendido más con lo malo que con lo excelso, he comprendido mucho más viendo el cine infecto de Fincher o los hermanos Coen que con Kurosawa.

Envidio a mi perro porque encuentra un halo divino en el lamerse el pijo, y me es imposible el recrearme en lo propio, en aquel lamer de narraciones que ha ido siendo una actividad amoroso filosófica tan definitoria de mi, de lo que he ido siendo, también una narración a su manera, un cuento, un algo divino y excelso en su realidad prosaica, mierdosa. Tarkowsky me ha destrozado todo eso, no pretendo el adueñarme de su discurso, pero para mi ha sido el reconocimiento de un hecho que ahora sé he sabido siempre ahí. El arte narrativo es una suerte de placebo infantil, un jugar con material serio en donde el juego se define en virtud a una única regla: veras mejor cuanto menos mires lo que quieres ver. Jugamos pues a hacernos los serios e importantes, los especiales. Ay, especiales, ay, cuán sospechoso es el que nacie se crea apartado de ese selecto grupo. La cosa nunca es el discurso que queramos hacer sobre ella, mucho menos cuando nos esforzamos tan denodada como esterilmente en hacernos notar como parte activa del drama.

Me gusta oir a alguien despidiéndose con un "vete con Dios", una promesa de entusiasmo, el deseo ciego e inconsciente de que cada cual logre encontrar dentro de sí las vías que lo llevan a uno a los Otros. Más un encuentranos que un encuentrate.

Salud.