En esta vida soy más vaca que humano. He tenido en ocasiones la tentación proyectiva de echar mano a alguna otra vida, por regla general asociado a encarnaciones del estilo insectoide, animal y demás ralea. Pero es poco elegante, puesto a saltarse reglas universales ónticas, el hacer gastos de imaginación con desplazamientos arbitrarios y gratuito. Esta es una de tantas razones por las que soy una vaca ahora.
Otra es porque mientras que las chuches, caramelos y demás ralea la he consumido a bocados literales, nada exquisitos... esto es, apresurados y nunca centrados en el saborear sino en el deglutir; algunos conceptos los chupo detenidamente, hasta dejarlos finos y practicamente invisble de canto. Hubiese deseado ser más un pajarraco, incluso uno tan soseras como una gallina, por eso de tener pico, pero para mi desgracia mi talento artístico es paralelo a la elegancia de mi porte.
Ergo, repito, soy una vaca.
Lo cual incide en el no poco serio asunto de la cuestión Trasera: la necesidad de pasar una buena parte de tu tiempo (y recursos, obviamente) atendiendo a la parte posterior de tu anatomía. Esa que está poblada de moscas, aquella que bendice la atmósfera de rutilante metano al mismo tiempo que abona de precioso nitrógeno a nuestras amigas las plantitas.
Cháchara.
Soy una vaca porque mi fe consiste en no querer más que la hierva crezca.
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