miércoles, 13 de julio de 2011

Mi silla

Durante los últimos días que estuve allí, la silla que hasta entonces había estado a la inclemencia sin demasiados daños decidió incharse lo suficiente para rondar el límite del concepto que le da nombre. Una cosa que perdió el negro en favor a esa triste textura que es la madera prensada, extraordinario caso en donde el adjetivo anula cualquier valor original que tuviera el substantivo. Ikea lucía sus vergüenzas.

En el trayecto de mi marcha no pude evitar fijarme en ella a la manera literaria de esas que generan flashbacks. Era una silla Raymond Carver sin dudarlo. Mientras suena la música en el juego de la silla nadie pierde, el movimiento adquiere el don de la pertenencia, una pertenencia fantasmal pero sólida en la universalidad de todo participante. Me iba ya mucho después de que el recuerdo de la música se hubiese evaporado, pero no me di cuenta de que lo que me retumbaba en los oídos era lo contrario, o mejor, lo contradictorio de cualquier sonido.

Porque en realidad aquella cosa lejos de ser un fantasma, de participar de una naturaleza esquiva pero enchida de una cierta fuerza, de un deseo de volver a ser, era en realidad un espectro, un espejo en donde mirar la condición errática que yo mismo he ido ganándome con el tiempo. Un aparecer que es al parecer como una amoto amarrón a una moto marrón.

Quiero pensar que no me quedé allá con ella, que realmente me fui, pasé por su lado, yo una cosa que se mueve por sí misma, pero tengo alguna duda. He estado tanto tiempo sentado en aquella silla que aún guardo el calor en mi culo.

Ojalá no esté yo aún allí.

Mi silla es otra.

1 comentarios:

egan dijo...

Yo creo que también puedo haber dejado algo de mí en los lugares donde he vivido, pero espero que no sea así.

De todas formas, me tranquiliza el poseer escaso discurso metafórico para explicarlo (por lo general) por lo que pienso que todos mis yoes me siguen doquiera que voy, huérfanos de un narrador florido que les ponga voz (joder, qué tonterías digo)

Esa silla ya invalidada, esa cama reencontrada, las cervezas, el advertir algunas faltas en los nombres y otras, son signos de aterrizaje. Al parecer, tranquilo y lúcido. Y es que unas cañas frías obran maravillas.

Ciao, fratelli.