viernes, 29 de julio de 2011

Rejean Ducharme y III

A ti, la dama, la audaz melancolía
que con grito solitario hiendes mis carnes
ofreciéndolas al tedio.
Tú, que atormentas mis noches
cuando no sé qué camino de mi vida tomar.
Te he pagado cien veces mi deuda.
De las brasas del ensueño
solo me quedan las cenizas de la mentira
que tú misma me habías obligado a oír.
Y la blanca plenitud no era
como el viejo interludio.
Y sí una morena de finos tobillos
que me clavó la pena
de un pecho punzante en el que creí.
Y que no me dejó más que el remordimiento
de haber visto nacer la luz sobre mi soledad…
E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras
en el valle de los avasallados.