jueves, 11 de agosto de 2011

Aruku Hito (El Caminante)


La fortuna quiere que después de tanto tiempo de desierto cada día me caiga un regalo en forma de tebeo. Para algo han servido todas las horas que gasté de pies recorriendo librerías de viejo, kioskos raros con un almacen de viejos tebeos, todo el sudor de acudir en agosto en las mañanas buscando la redención en libros de segunda mano o tebeos descatalogados. Toda aquella mierda que me hinqué y que parecía falta de toda utilidad cobra sus frutos veinte años después.

Hasta donde alcanza mi memoria, el recuerdo de un abrazo tiene forma de papel y tinta, un olor peculiar que se asomaba con la levedad del papel, muchas veces ajado, viejo y crujiente, con trazas de humedad. De alguna manera recuerdo todos aquellos viajes, tanto sólo como en compañía, aquellos paseos en los que todo yo era búsqueda perpetua, cuando encontraba en sitios imposibles el coche de la que sería mi mujer con el tiempo, allí donde dejaba improvisados papelitos con mensajes crípticos y lleno de amor.

La obra de Taniguchi tiene una cualidad que me recuerda a aquellos tiempos, desde El almanaque de mi padre quedé enamorado del trazo de este autor japonés, uno de esos artistas con los que sabes podrías tener a un gran amigo, un estupendo conversador, alguien que acompañar en un silencio cómplice. Sus ojos son los tuyos, capaz de captar una luz, un detalle y una humanidad en sus personajes que te hace hasta sentirte orgulloso por poder llamarte ser humano.

La mayor parte de su obra está dirigida a la naturaleza, una naturaleza exuberante y bellísima que te llena con los detalles. El caminante es quizás la más bella en este sentido. Muy probablemente el lector habitual lo lea cagando leches con una sensación pronunciada de sopor. No pasa nada reseñable, la historia, sutil, es lenta y absolutamente contingente.

Y es que Taniguchi es un maestro de la contingencia, toda su obra pende de detalles cotidianos visto con una meláncolía y nostalgia gozosa, por contradictorio que pueda parecer. Nunca sabremos cuál es el nombre del caminante, tendremos pequeños avisos de su vida, dosificados con delicadeza y un exquisito gusto por el detalle amoroso.

El tebeo tiene cierta naturaleza ambarina, recoge imágenes y texto como el ámbar conserva a los insectos. Aunque no puedas tocar en rigor nada, esa eternidad de momentos hermanados, engarzados en la página, contiene un pedazo de realidad que se mueve, se hace viva, en la consciencia del lector.

La naturaleza, que aborrece el vacío, se llena en sus páginas de una verdad que de sencilla se hace absoluta, la ciudad y el bosque se hermanan por los senderos que transitan esos personajes triviales, esos niños que se ríen del perro meando o el paseo involuntario por la noche porque se olvidaron las llaves. El andar bajo la lluvia, ese momento de libertad que te empapa y no cuesta ni dinero ni esfuerzo: ocurre.

Es este un manga que ocurre sin que pase nada, sin que haya acción, diálogos filosóficos, efectos especiales o tias en bolas. El manga de Taniguchi es de todos el que recoge el paso del tiempo de manera más acertada y directa, siempre los años pasan sobre y por sus personajes. Para mi es esencial ese regalo que encuentro en sus dibujos hiperdetallados, el reconocer la pureza del amor que me da.

Pronto necesitaré otro cuerpo, ya casi no me caben todos los dibujos que llevo dentro.

Ains y tengo más por leer, una pila de caricias, abrazos y besos, una montaña de humedad cálida humana, una rista de lectores a los que iniciar y que no conozco.

Pienso en el pequeño Juan y en Joel, en mi Clara ya adolescente, en lo muchísimo que tienen por descubrir, tanto que ni siquiera juntos podríamos abarcarlo todo, así que es su legado y su tarea traer más ojos al mundo.

Algunos de ellos nos bendice, y aunque es pobre como esperanza es lo suficientemente bella como para que mis pies deseen caminar.

Un abrazo.