El pequeño J esperaba con cierta impaciencia nerviosa la llegada de la O, sin saber qué era la había visto pasar oronda, satisfecha, con un indolento gesto en la que la falta de hambre y el desinterés se unía en un movimiento de atracción suave, herrático. Poseía su cuerpo a la manera abandonada de un principiante, cada gesto contenido en un preestreno. Sin haber tomado aire por si mismo, pleno de una insuficiencia extrema, expectante y curioso, sólo un deseo ligero, un apunte de voluntad que ahora se traduce en impaciente espera.
Mientras no ha llegado la O, la E le da un ligero toque en la espalda, a penas un roce que trae una levedad en ondas, el inicio de una promesa no nata, como tu, pero estás tan ocupado con la O, por el calor confortable de su cercanía que no te das cuenta, la semilla de tu memoria apunta sus cotiledones, las dos primeras hojitas que sólo pareciendo verdaderas hojas anuncian una planta.
Desconoces aún que tras esa primera palabra que se va pegando a ti en racimo, el primer orden externo pero íntimo con el que serás recibido, vendrá un torrente infinito e informe, un océano inabarcable del que acabarás aprendiendo a caminar de la mano. Esa primera posesión te va alcanzando sorprendido, apenas una jota una o, el atisbo de una e. No puedes aventurar la L final, queda aún un poco más. Tu Palabra, tu Nombre, que acabará por tomarte cuando llores por vez primera, justo después de que el cosmos escuche tu voz clamando un nuevo principio para los que te esperamos.
Ya casi estás aquí, trayendo infinitamente más de lo que se te dará, renaciendo a los que tenemos la dicha de saberte, los que poseemos el cuidado de tu nombre hasta que tu llegues definitivamente para tomarlo en derecho. Tu Primera Palabra: Joel.
Bienvenido.
1 comentarios:
Me he equivocado y te he repetido el mensaje en la primera entrada....
Joder macho, me has emocionado hasta la médula. Pero que bonito escribes cuando quieres, mamón.
Gracias por este precioso regalo, algún día se lo daré a leer a Joel y le explicaré quién es ese Tío astral qué velaba por él, imbuido aún en su propia entelequia existencial.
Abrazos y besos...
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