Por fortuna no toda la humanidad ha repudiado su condición animal, la filosofía posee la noble virtud de lo viejo. El que camina sabe que no hay mayor acomodo para un pie en movimiento que allí donde otros han pisado. Lo añejo se ha ganado no sin esfuerzo la condición chistosa de admitir las paradojas con la naturalidad propia de la desvergüenza. Llevo tantas pajas sacudidas del cuerpo como líneas he metido por mis ojos, que cualquiera con dos dedos de frente no dejará de notar el obvio estado febril de mis entradas anteriores, esto es, estar cual palo de churrero, cual patada en la boca... En fin calentorro y animal, para nada espiritual ni hostias semejantes.
El apeiron que representa todo anillo, ese carácter inabarcable de lo eterno inserto en lo infinito es en su fundamento primario un chiste cojonudo, al estilo El Roto seguramente, y es que sobre todo el todo se dijo ya al principio. Tanta charla en su conjunto no deja de ser la berreá de un mono por muy sofisticado que seamos, hemos ido a la Luna pelándonosla como monos y eso no es discutible.
Por razones evidentes me atrae la locura, gracias a los dioses nuestra condición primaria contiene ya en sus orígenes una locura desbordada, en donde los griegos son nuevamente unos hachas. Ni aún siendo un ferviente creyente de la reencarnación, que no es ni de coña el caso, habría vidas suficientes para poder satisfacer mi deseo de pertenecer a cualquiera de sus sectas de tantas que hubo.
Ser apedreado por un iracundo Heráclito, fumarme lo que se metía Parmenides, pateado por Pirrón, ser partícipe de los ritos de Eleusis, luchar junto al feo y descalzo Sócrates, estudiar en la academia durante todas las décadas que vivió. Uf, sería médico empírico, cachondo y escéptico, un seguidor de Lucrecio loco dedicado a copiar el Rerum Natura en los culos de las putas, en los olivos y las dunas, un estoico frugal desterrado y rico.
Pero sobre todo y especialmente un cínico, un kinikos, un miembro de La Secta Del Perro.
Lenguaraces, desvergonzados, pajilleros, sinceros, pobres, hermosos, polvorientos, sucios, puteros, salteadores de camas, de mentes, veraces y sinceros, honestos. Los vividores que más razón han tenido sin haber hecho nada más que tocar los cojones, salir por donde los demás entran, veranear en toneles, despreciar el instrumento que esclaviza, rondar con un pie la ciudad y con otro el bosque, usar lámpara a la luz y los ojos en la oscuridad. Los llamaban perros.
Pero eran libres.
Puestos a soñarme elijo estar perdido en las afueras de alguna polis menor, junto a una compañera cínica, con el grueso paño gris, despeinados y sucios, jodiendo como perros matando la espera de ir a la ciudad a buscar por los mercados, a plena luz del día un hombre o una mujer de verdad. Somos feos y apestamos como ratas, pero entre los acebuches alguien atento vería sobre todo nuestras manos unidas.
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