jueves, 11 de agosto de 2011

In Somnio (III) Deletreando canutos

Me cuesta horrores entender qué quieren decir con dejar la mente en blanco. Todo lo más que he conseguido en mis intentos de alcanzar tal estatus es construir mentalmente una imagen en blanco. Dicen los orientales que la consciencia es como el cielo, en él las emociones y los pensamientos son nubes que simplemente pasan. Meditar por tanto no es dejar la mente en blanco, mucho menos imaginar el blanco. Sé que debería soltarme y contemplar lo que me ocurre pero inebitablemente acabo siempre con un discurso mental todo lleno de palabras.

No he dejado de experimentar el continuo chorro de palabras que azota mi mente desde que tengo recuerdos, las imágenes incluso me evocan palabras e ideas en torrentes. Mi ex pareja me descubrió que cuando hablo de mi lo hago en términos narrativos, o lo que es peor, aludiendo a historias que he leído o visto, a ideas que he desarrollado en ese monólogo perpetuo, una máquina traductora d la realidad en letras conjugadas, un engarzarse continuamente en conceptos, ideas, términos y aqueología etgimológica. Me es imposible el deletrearme, quisiera descomponerme en una semántica comprensible pero me es imposible el hacerlo sin acudir a escritores, poetas, pintores, directores, actores, y en definitiva a lo que otros pensaron, dijeron, expresaron o, como gusta decir a muchos, crearon.

No hay pastilla ni droga que sea capaz de callarme en mi silencio, ojalá pudiera tener una paz momentanea, puntual, un silencio que me permita oir a la realidad directamente, pero me quedo colgando de otros como si mis brazos no fueran míos.

Y sin embargo sólo me veo como una referencia externa, no soy especial ni diferente, no he querido ser nada de eso jamás, hasta la cáscara que ne recubre es en el fondo el trabajo de otro, la tradución exacta de la misma emoción que vivieron hombres hace miles de años. Soy el canto de amor de Lucrecio, las cartas de Epicuro, el dolor de Kierkegaard, los textos de apoyo de los comics de Moore, el hambre de las biñetas biográficas de Carlos Jimenez, he vivido décadas en Palomares, amado a Bianca, estoy en las fotos de la miseria que capturaba Juan Rulfo, en El libro de los abrazos de Galeano, en un cuento de Carver que leí mucho antes de vivirlo, pero que de alguna manera reconocí. En mi sangre y en mi semen habitan viñetas, diálogos, el rostro actual de Leguin, la locura de Dick, la empatía de Sturgeon. Mi pellejo es un entramado de las palabras de Hrabal, ojalá pudiera tatuarme al completo Una Soledad Demasiado Ruidosa, en mis venas corre Lem, impulsado por los latidos de un corazón constituido de los diálogos de Platón, ni siquiera soy un anarquista sino un Desposeido, conozco perros cuya mierda vale mas que yo.

Es un consuelo muy pobre, lo sé, sin embargo sólo soy un compendido de los amores de muchos otros, tan ajenos a mis circunstancias, que nadie creería que se puede ser hijo de tantos padres y madres, hermanos de un número inabarcable, y aunque sea pobre es un consuelo real. Absolutamente cierto, soy página y tinta, celuloide y pintura, soy algo tan absurdo como una melodía, el saxo de Sonny Rollins, los silencios del Kind of Blue, el etorno retorno a casa que supone oir un viejo blues. Soy Léolo y sus hermanos, soy un starker, un gusano de arrakis, un filósofo cínico y una puta sabia.

Antes de que me alcance el sueño, ahora qué no sé que camino de mi vida tomar, os invoco a todos, mis letras, deletreemos canutos juntos.

Aún queda tiempo...