sábado, 27 de agosto de 2011

Su poquito de actitud natural

Hoy he estado volando entre y através de tebeos reales en una libreria. Las penurias economicas de estos años me han alejado ad eternum de la sensacion maravillosa de tener un album en tus manos, la posibilidad de abrir fisicamente con las manos esos mundos de tinta cuyo sólo olor me enrojece los ojos, me eriza el bello hasta llegar a ese pequeño dolor de saber cómo tu cuerpo se rechaza a sí mismo pidiendo más. Tener en mis manos la edición real de El arte de volar o Polina me produce el sentimiento, diría que la necesidad, de tirarme de rodillas rindiendo pleitesía mientras claudico de mi.

Decía Roland Barthes que el texto es una realidad formal, que los libros sólo son cosas si se adopta una actitud natural, como gustaba a los fenomenologos. El texto es lo sagrado, no su fisicidad, ese trozo de cosa con manchurrones. Pero me encuentro ante un tebeo y no puedo sentir eso como cierto del todo, o mejor, no soy capaz de aceptar esa realidad mas allá de una novela, un ensayo, en fin un libro.

Jamás he sentido un sentimiento de posesión de lo que he leido, mi actitud fenomenológica venía de serie en ese sentido. Me he sentido y me siento tan construido de lo que otros han escrito, compuesto o dibujado que aún cuando siempre he sido un misterio para los míos, he creído darme con lo que dejaba, regalaba o recomendaba. Me he traducido toda la vida a texto, música e imagen de otro. Sin embargo en estos momentos sostener el peso de Watchmen en edición-chachi-guapa-molona en mis manos me llena de una felicidad y deseo incomensurables.

Ahi están todos en la estantería, de una mirada cubres a Tezuka, Breccia y Oesterhead, Moore, Jiro Taniguchi, Daniel Clowes, Thomas Ott, Graig Thomson, Will Eisner, Carlos Jimenez (debo entradas a este hombre, muchas además), Beto Hernández (cuanta felicidad me produce recordarme de adolescente con Sopa de la gran pena en las manos, lo hermoso que me parece aún hoy su titulo) y tantos otros pedazitos de mi, episodios de mi vida, y siempre ese olor a papel y tinta, el choque brutal que me produce topar los ojos con el dibujo.

Ahora los leo de otra manera, creo que más sabia y consciente, y me asombra que después de que casi todo cuanto he revisitado de lo mucho que amaba me sabe a paja ahora en los labios ni la música de otrora ni los tebeos que de verdad se jincaron en mi me parecen peores en absoluto.

Un amigo me contaba jocoso cómo había descubierto a un amigo en común en la playa gracias a un tatuaje minúsculo en la espalda, la escena concreta de V de Vendetta en la que la prota lee la carta de la lesbiana en la cárcel. No sólo no me parece en absoluto risible sino que es el único tatuaje que he deseado tener yo mismo, bueno, ese y otro que vi a un tipo hipermusculado en un verano no muy lejano (Porque sueño yo no lo estoy, porque sueño no estoy loco), en francés y en la misma caligrafía que en Leolo. Sé que es lo que sentiría uno de los muchos que es como yo si me viera con ambos tatuajes en el cuerpo.

No me importaría estar tatuado con un dibujo del faro de Trazo de tiza, con muchos momentos de los tebeos de Moore, de hecho es una idea que me atrae en exceso, supongo que también yo necesito mi poquito de actitud natural.

Ains.