domingo, 14 de agosto de 2011

Un satori en la oscuridad

No sé escribir sobre música, en mi experiencia de las letras no hay nada más alejado de la música. Los que me conoceis de largo habreís notado que no suelo hacer entradas de música, es un ámbito en el que siento que no tengo nada que decir, algo que me asombra porque como buen español tengo que decir de casi cualquier cosa imaginable. Sin embargo desconozco las razones por las que nunca hablo de música con nadie. Puede que en realidad sea porque la música que siento que me pertenece con mayor intimidad de toda me viene de mi amigo Antonio, toda todita toda, o bien de los casettes que me gravaba o de los discos que ponía en su casa, siempre a saltos por la ansiedad de condensar toda aquella maravilla espiritual en el corto tiempo que pasábamos juntos. Para mi el concepto música concoca el verme con Antonio en la feria del disco antigüo, el aprender constelaciones esperando que el verano se gastara, sobre la grupa de un viejo walkman blanco philips, mientras soñaba o esperaba o ansiaba el que la parálisis estival me trajeran a Carolina o a Carmen. Era en el fondo música que me regalaba otro, y por eso a pesar de que el blues o el jazz son meramente míos, la música que oigo sigo disfruto y siento, sin comas que valgan es la que me legó mi amado hermano astral, el ser a quien menos podré agradecer nunca su existencia. Recurro a esa música cuando mi ateismo se conjuga con mi solipsismo y la rabia talibán parece querer comérselo todo a hostias. He soñado toda mi vida que una ventana será mi salvación, he volado con mi imaginación junto a Hrabal desde que supe que se lanzó a volar, o cuando leí El arte de volar. Sé que el volar representa libertad y toda esa vaina, para mi volar ha significaddo siempre una suerte de final. Me he visto volando y me veo volando cienes de veces. No quiero acabar como mis abuelos, y me parece un ejercicio de dignidad, el único posible, el lanzarse por una ventana cagándose en Dios y esperando que la gravedad por fin traiga algo de levedad, de paz, de silencio, de amor.

Al final siempre oigo las músicas de Antonio, me siento elevado y no sé qué significa eso, cuando mis huesos calan en Jethor Tull, me pierdo gozoso en las músicas de Soul Bisontes y me hermano en el siñencio con Pablo Cobollo y sus textículos.

Cuando aún no cumplia los 10 años vivía enamorado de la puta de mi calle, una mujer triste y hermosa que regentaba un kiosko donde pagaba mi impuesto por verla, pobre hijo el suyo, todos éramos amigos de él por poder perdernos contemplando a su madre. Una señora estupenda, hermosa como pocas y buena, que colgada de un hijodeputa se entregó a la prostitución para que aquel niño que nadie quería tuviera una vida que lo hundía en la miseria de saberse tan sólo y sometido a la injusticia, que lloro ahora que escribo esto, porquer nunca me porté con él como es lo justo. No recuerdo ni su nombre ni el de su madre. Pero cerca de aquel kiosko escuché por primera vez una gitarra eléctrica. Las tardes estivales son lentas y difíciles cuando eres un niño que no duerme siesta y se despierta, siempre, a las 7 de la mañana.

Aquella era una casa de locos, casi ni era una casa, el padre de mi amigo y sus novecientos hermanos construía la casa cuando un trabajo de mierda se lo permitía, no era una casa de protección oficial, sólo un solar que se levantaba desde la pobreza, un lugar que descubría desnudo el ladrillo, en cuya salita, vieja sin haberse estrenado nunca, albergaba sólo unas sillas, una mesita y una estufa eléctrica. Pasábamos las tardes indolentes usando el viejo Monopoly de alguién, todos, mayores y pequeños, soábamos enbelesados con aquellos fajos de billetes falsos.

En ocasiones mientras trabajaba el padre ponía un casete en la radio. Aquella tarde fue de blues y por vez primera en mi vida oí una gitarra eléctrica. Recuerdo haber salido aquella tarde de la casa, sentarme junto al bordillo de la calle y escuchar la música desde la calle. Las lágrimas corrían por mi cara con una naturalidad que sólo reconoczoco ahora. Con el tiempo, ya con 18 años reconocí a aquel señor. Albert King llorando I play the blues for you. Pero aquello fue un atisvo, el rayo de luz que conoces cuando vienes llorando al mundo, con la primera arcada de aire que llena tus pulmones, cuando conocí a Antonio la guitarra aguda, filosa, ruidosa y terriblemente bella cobró un sentido que ocupa en mi alma el espacio de Dios, y que aún ahora, mientras escribo me pone la carne de gallina.

Para mi el blues y el jazz es la música de mi soledad, como lo es también J.J. Cale, Manu Chao o Sting. Pero la psicodelia y las guitarras chillonas, el Nadie nace domesticado me viene exclusivamente de Antonio, toda esa música alucinada, mistica y enteogénica, las guitarras afiladas o sucias, el heavy, el punk, todo eso que oigo cada vez que me puedo a mi mismo tiene la huella de un hermano, la enseñanza de un Otro al que amo y admiro, un hermano y un padre elegido.

A mi me han dado a luz muchas veces, no he perdido la esperanza de volver a hacerlo tantas veces como me sea posible, me permitan. Tu me diste a luz con tantas cosas que no soy homnbre suficiente para agradecerlo, pero hay dos discos a los que recurro como un enfermo cuando no puedo conmigo mismo, cuando no sé qué camino tomar.

Uno es el primero de Dark, y el otro es Satori.

Te quiero por tantas cosas que la culpa me impide agradecertelo como es debido y recurro cobardemente a esto.