martes, 6 de septiembre de 2011
Luba, de Beto Hernández
Desde que leí siendo un adolescente Sopa de la gran pena (título que siempre me ha encantado, por cierto) confieso que me quedé un poco enamorado de Luba y sus miserias. Es uno de tantos personajes femeninos que da a luz Beto Hernandez, un contraste tremendo entre sus féminas y las de otros tebeos o medios. Es difícil en no enamorarse de buena parte de ellas, pero para mi Luba fue y es una debilidad. De algún modo he ido creciendo junto con ella.
Por eso cuando vi que Beto Hernández le había dedicado unos tomos mi felicidad ganó sus enteros. Amo la fisicidad del dibujo de Beto y en especial todas las historias devenidas de Palomar. Hará unos 20 años que lo conozco y las ocasionales visitas a su arte que he ido haciendo esporádicamente me han servido para sostener un hilo en las diferentes personas que he ido siendo. No hace mucho he releido las historias de Palomar y pese a lo mucho que uno cambia, tanto en sentir como en pensar, en todos esos puntos en los que mis ojos han pasado por sus dibujos siempre he sentido exactamente la misma emoción.
Hay un filósofo catalán poco conocido, Eduardo Nicol, que en su metafísica de la expresión (algo con ese nombre necesariamente debe ser grande) sostiene que en rigor una persona completa lo forma cuanto menos dos individuos. Toda expresión tiene un carácter apodíctico, esto es, la función primaria de señalar una realidad que sólo se completa con la afirmación de otro. La persona que soy debe tanto a gentes como Hernández, Moore o Bastien Vives como a la genética de mis padres o a la cultura que he mamado.
En mis huesos hay más papel que calcio, la oscuridad de mi sangre se debe no al hierro de mis glóbulos sino a la tinta que me legaron esos extraños que vomitan humanidad en páginas en blanco. Ni una de las lágrimas que he soltado al leer a Beto ha sido en vano, me constituyo en buena parte por momentos como este, y espero, ahora que mi hija es ya una adolescente el que pueda llegar a sentir sólo una mínima parte de esto, puesto que ella sin saberlo está también hecha de esta semántica.
Es además tan raro el sentir en la ficción realidad en los personajes femeninos que maestros como los Hernández no pueden menos que ser adorados como se merecen.
Gracias por esta relectura, sienta cojonudamente para el roce con el alma.
Ay, ay, ay. Gracias, gracias.
Originariamente publicado en el foro Exvagos, y sí ya sé que habré contado lo de Nicol miles de veces, jejeje
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