martes, 6 de septiembre de 2011

Ganges, de Kevin Huizenga

Sólo por Jean Claud Louzeau y Cronemberg debo un agradecimiento eterno a Canadá, un lugar del mundo del que sé practicamente nada pero que ha sido para mi una suerte de arcadia a la que he querido visitar desde que ví Léolo.

He aprendido que las Señales han de venir de dos en dos, como los petisuis, así que la feliz conjunción de autor canadiense y Glykeria no podía menos que traerme algo bueno. Y por Dios que ha sido así.


En contraste con lo que llevo leído Ganges es una lectura liviana puesto que no hay en él ni la menor traza de dolor. No cuenta en realidad nada, únicamente momentos vulgares y se queda en ellos perezoso, con el gozo estúpido pero gigante de una cerveza tomada al calor de la luz de un mediodía cualquiera. Propone un jugar delicioso y cómplice desde el que se agarra una sonrisa que cuesta dejar después, pero que por fortuna perdura más allá de su lectura. Esos paseos de casa a la biblioteca, enredados en el tipo de pensamiento metafísico chorra en el que todos hemos caido tantas veces, o el estar tranquilamente leyendo junto a tu mujer, mientras ambos os perdeís en tareas que nada tienen que ver con lo que el otro hace, unidos por una música que sólo el lector escucha, o quizás no; en fin, un discurrir tranquilo y sosegado, con una maestría y originalidad en el tratamiento de los recursos narrativos, que únicamente podría ser lo que es: un comic.

Obvia el decir que desconocía a este autor.