domingo, 4 de septiembre de 2011

Libros-brújula

Miguel Benítez, mi Profesor, me enseñó muchas cosas que sólo ahora estoy aprendiendo a poner nombre, o lo que es lo mismo, orden. Soy eminentemente platónico, pero sé que decir esto llevará a equívocos a cualquiera que me lea, creo en dos aspectos basicos de la realidad humana que observo en mi y que considero puramente platónicos: soy un intelectualista moral y creo que aprender es recordar, y por tanto ignorar olvidar. Miguel me enseñó lo que es realmente la filosofía en su condición de desnudez primaria, esto es: texto.

Él me descubrió textos de autores primordiales que no son lo que parece, pero en un caso especial me hizo leer a Spinoza. Siendo el lobo solitario y desvergonzado que es, era raro, más bien muy raro, el que aquel día trajese a un especialista en Spinoza para que nos diera una charla. Su obsesión era el panteismo y todo texto que nos hacía analizar hasta la minuciosidad pertenecía a un autor panteista. To pan theos, todo es Dios.

Con aquella charla sobre Spinoza y la dolorosa y difícil lectura de la Ética, aprendí y recordé, reconocí el inmenso valor de los libros-brújula. Muchos años después me enamoré de Paul Auster porque reconocí inmediatamente a un lector de Spinoza en él, por eso no me extrañó que algunos de sus personajes maravillosos tubiesen como única posesión la Ética.

Todo Pascal gira entorno al contraste entre lo inmensamente grande y lo inmensamente pequeño, un contraste frágil y contingente, perdido en un lugar que ya no puede llamarse en sentido alguno hogar. Pascal era científico, yo lo veo como un profeta que veía hacia donde nos dirigíamos, el punto al que inexorablemente acabaría llevándonos nuestro conocimiento.

Ya no es posible pensarse a imagen y semejanza de Dios, el mundo no está puesto para nosotros, lo que sabemos del universo simplemente a escala espacial o temporal barre por completo cualquier idea de sentido ombligista, cualquier antropocentrismo inimaginable. No hay teleología en la realidad, un ojo no es el diseño de un arquitecto, no hay nada que nos indique ni por asombro la presencia de una metavoluntad beatífica. No hay otra vida, no hay más vida que esto. No hay Dios, no hay sentido de la existencia.

Estamos arrojados a una existencia árida e inabarcable, somos todo lo más una caña pensante, algo frágil que está a merced de practicamente todo y cuya única defensa es la flexibilidad, la capacidad de afirmar al universo: puedo verte.

Recorro mi memoria y encuentro diversos momentos en los que me sentido perdido, es decir, sin posibilidad de encontrar un camino de regreso a un hogar. En todos ellos aparecen libros-brújula, textos (e incluyo eminentemente los tebeos) que me señalan no caminos sino sistemas de referencia, un cierto origen desde el que poder medir distancias y posición, donde parar mientes a considerar vectores, campos.

Soy por tanto un materialista porque pongo mi fe en cosas, me dejo dirigir desde el punto exacto que ha usado otro, me nutro de lo que vivieron muertos o vivos a los que no conoceré nunca.

Me doy cuenta de que todos los tebeos que estoy leyendo en estos días comprenden una suerte de mapa, especialmente aquellos que pertenecen a autores de mi generación. Es extraño, algo bizarro y loco, pero empiezo a creerme capaz de ver una estructura en una pena que creí exclusivamente mía, de tan ombligo que puedo llegar a ser, leo Lowlife de Ed Brubakker u otros que iré reseñando con el tiempo y se me ofrece claramente la disección de buena parte de la aridez que veo en mi.

Si no hubiese sido por Miguel Benitez nunca habría sido capaz de entender todo esto. Así que gracias, usted ha sido para mi el único Maestro vivo que he tenido, aunque ciertamente lo que me enseñó tiene el regusto a ajenjo de toda verdad merecedora de su nombre.

3 comentarios:

Frankie dijo...

Los buenos libros poseen una notable fuerza centrípeta, incluyendo esos libros dibujados llamados cómics, como no.

En momentos de confusión, también yo he encontrado libros fascinantes y lúcidos (algunos de forma dolorosa) que jamás reseñaré porque prefiero narrar pifias juveniles y autobiográficas. Cada uno a lo suyo.

Pero me gusta mucho eso de que uno de los mejores valores intelectuales es la flexibilidad, que nos permite "ver" un poquito y no limitarnos solamente a un mirar autosatisfecho.

En fin, estás pillando velocidad de crucero y ya solo falta que te crezca el pelo para presentarte en sociedad.

Salute, fratelli.

moquete dijo...

Spinoza, ese sí que era un maldito, leñe. Pero literalmente. Lástima que nos contasen tan poco en secundaria.

Un saludo.

Knut dijo...

Con la poda brutal que es la filosofía de bachillerato ya puedes un darte con el canto de los dientes en un bordillo con que incluyan a Descartes, y sin embargo, la filosofía derivada del cartesianismo, fundamentalmente Leibtniz y Spinoza, es substancialmente más interesante y honda que la del propio DEscartes, pero por alguna razón se obvia.

Durante décadas el Enemigo Oficial de la iglesia era precisamente el osado Spinoza, como dices maldito entre los malditos. Pero pese a su aridez uno de los más grandes filósofos que ha dado occidente.

Un abrazo.