jueves, 1 de septiembre de 2011

Mononoke Hime

Hay muchas razones por las que Miyazaki forma parte de mi panteón de humanos a los que amo, ya antes de que Clara naciera era una persona a la que admiraba enormemente. Amo el cine porque mi padre me llevaba todas las semanas tanto a ver estrenos como series B o Z directamente. Mi infancia tiene para mi cierto olor a teatro reconvertido en cine, a ese especial olor a humedad y a viejo, a aquellas matines de los fines de semana.

Clara tenía entre 4 y 5 años cuando la llevé a ver Mononoke, era un mico que tenía que sentar sobre mi para que pudiera ver las películas. Como muchas veces me pasó con ella las prisas hicieron que la llevara a ver una película para la que era realmente pequeña. La recuerdo perfectamente, agarrada a mi pecho, su corazón acelerado por esa mezcla entre escitación y miedo.

Ya habíamos visto algunas pelis de Pixar, pero es esta la que ella recuerda mejor, y de hecho siempre ha sido su favorita. Así que ahí estábamos los dos, emocionados, deleitados con una de las bandas sonoras más bonitas que he podido vivir. Los años me ha ido haciendo sentir más cercano al arte japonés en todas sus manifestaciones, pero lo que realmente me gusta en su esencia es esa capacidad por hacer historias en la que la naturaleza tiene un carácter divino, mágico, sin perder su aspecto de physis, de eterno brotar.

Es posible que sea la película que más veces he visto y todas ellas he acabado siempre de la misma manera, emocionado, con la piel de gallina y ese calor especial que te dan las lágrimas cuando son de reconocimiento, de placer feliz.

Muy pocos directores de cine dan a luz personajes femeninos que merezcan la pena, y Miyazaki es sin duda alguna el mejor para mi. Me siento orgulloso de haber inoculado este amor que siento a mi hija, aunque en realidad me haya limitado a ponerla enfrente de la cinta, a usar sus ojos inocentes.

De alguna manera La princesa de los monstruos (la traducción real del título) reflejaba el pequeño microuniverso de Clara y Vi, ella es también la princesa de un monstruo: yo mismo. Desde entonces los dos sabemos que los bosques tienen espíritu, una divinidad que no es moralmente definible, en donde todo bien y todo mal son efectos del a posteriori y por eso mismo no pueden usarse como gafas para ver ni como guantes para tocar.

Yo mismo de niño quedé marcado (y sé que algunos de mis amigos compartieron aquel momento) cuando por pura casualidad y sin avisos vimos un trocito de Nausicaa en la tele.

Sólo soy capaz de sentirme algo completo en el campo, cuando mis manos se ensucian de tierra y la mugre alcanza a meterse en lo poco que me queda de uñas, no me gusta las aglomeraciones de personas ni la playa ni los conciertos multitudinarios ni las ferias. Y el campo, fundamentalmente, me alimenta cuando llevo a Clara de la mano o cuando sostenia en mis hombros (tantos años haciendolo que me siento desnudo cuando no me visto de su peso) su peso.

Creo que con Clara y en aquel momento especial en la que nos sentamos en ese cine de Lepe, aprendí realmente a amar el campo y reconocí que soy un ateo panteista, un animal humano con fe en el animismo contemplativo, que el silencio no es en absoluto ausencia de sonido sino de ruido.

No sé por qué escribo esto ahora, quizás porque dos de los tipos a los que más quiero son ya padres, uno hace un año y medio, el otro ayer mismo. Algún día Juan y Joel que no se conocen irán colgados de sus padres al cine, se sentaran en ese espacio mental que Clara y yo hemos probado, que mi padre me descubrió (gracias papá, gracias con todo mi alma),dos pares de ojos que son en realidad uno solo.

Sueño que todos estamos sin estar en el mismo lugar, que ocuparemos en ese instante una realidad sólida, contingente y maravillosa. Las cosas pueden ser de mil maneras distintas, pero en todas ellas hay y habrá amor. Las palabras, las imágenes, el sonido que nos hace y deshace, la luz y su color, todos esos ingredientes que a posteriori nombramos como amor.

Un resquicio donde lograr meternos a todos, cobijados por el hombro del de al lado, sosteniendo la misma respiración y ánsia de completitud, de justicia y verdad.

Mi Clara, mi Juan, mi Joel. Me haceis sentir tan pequeño que siento con el rabillo del ojo la presencia de una disolución beatífica, cernana y próxima como el primer llanto y el último suspiro, la apertura y el cerrar círculos, el discurso de una espiral que se confunde con sus tangentes, que no es más que un dibujo, un diálogo, una viñeta en blanco, un susurro, una caricia, los pájaros que traen y se llevan estaciones, el terminador que separa el día de la noche, la lluvia que no sólo moja sino que también cala.