miércoles, 5 de octubre de 2011

El árbol de la vida

La realidad tiene una enseñanza muy tonta respecto a sí misma, no es predecible en su totalidad, supone de continúo sorpresa inaprensible. Tenía la firme intención de hacer una reseña sobre la peli de Malick, pero anoche me quedé viendo en el terreno que me gana el insomnio Ponyo en el acantilado, y de pronto me encuentro que no necesito hablar de Malick ni de Dios ni de otro sentido de la vida que el más pueril y sencillote.

No hay un camino natural ni divino, nada de lo que sé directamente del mundo habla de dualidad más que el ojo humano, y no todo, no el mío. No existe dualismo antropológico ni ontológico ni en rigor uno que merezca realmente la pena considerar. Soy cuerpo y alma, deus sive natura, todo es divino y por eso mismo lo divino no es nada.

Amo a Hayao Miyazaki porque me recuerda dónde tengo que fijar la mirada, el sentido de la vida no es otro que el estar juntos y cuidarnos, la divinidad forma parte de cada cosa en su petición unánime de unidad, que no unicidad.

Hayao es sabio hasta el asombro y puebla su cine del acervo mitológico humano como ningún sacerdote sabe hacer. Sus personajes son lo mejor de una humanidad que se hace inane cuando necesita del espectáculo, cuando fuerza lo real para que parezca no para que se aparezca.

No he dejado de llorar viéndola, a moco tendido, un llanto hermoso y cálido, una epifanía para los sentidos, el abrazo de un Dios que no existe si no se hace un esfuerzo por buscarlo, olvidando parte de la basura que nos constituye por vergonzosa elección.

Ponyo, la niña pez, es hybris en su aspecto celebrativo, corazón e impulso que se salta las reglas de los mayores para enseñarles lo que han olvidado, de una frescura en su ser que se te agarra al corazón con una fortaleza tan bella.

Una sirenita lunar que se hace desde el amor y cambia su realidad con sólo un salto o una sonrisa. ¿Cómo olvidar la escena de amor en morse? ¿El homejaje a Tritón y por ende al enorme y gigante Tezuka? Ese momento en el que lo natural se desata y vuelven los dinosaurios, no para mostrar compasión sino una physis desatada, aterradora pero luminosa.

Todos los efectos especiales hechos a mano, una hogera para la imaginación de todos los hombres, un abrazo en el pecho, un beso en la nariz. ¿De qué hablaba Lisa con la Madre Luna? Esas viejas rejuvenecidas por la unión del respeto, de la alegría, del amor.

Me sabe tan poco el cine de Malick desde la animación de Miyazaki que aunque El árbol de la vida me ha gustado, mi fe no es esa, ni mi alma ni mi corazón requieren de creadores. Dios es naturaleza y naturaleza dios, no son nada y lo son todo. La vida aborrece el vacío, grande es su hanbre por ocupar.

Rezo a Ponyo porque no olvidemos la magia, porque sepamos encontrar un modo de construir desde la unión y el estar en el mundo. No hacen falta divisiones, ni grandes presupuestos, ni el mentón de Brad Pitt. Sólo por la escena en que se encuentran al bebé lactante, Ponyo, alcanza más que todo el cine bello y publicitario de Malick.

Gracias, gracias, gracias. Este es mi camino.







2 comentarios:

Frankie dijo...

Acabo de ver el arbol de la vida (y en V.O.S). y la verdad es que son dos películas. Una de ellas es un documental de la National Geographic, con preciosismo buscado (Islandia, Capadocia, el Maravilloso Cuerpo Humano) y el otro un melodramón de familia americana paleto-aburguesada.

El documental es decorativo, con su música clásica y tal. Y el melodrama paleto, bueno, mejor dejarlo estar, aunque tenga algunos momentos interesantes con los críos. Eso y ese molesto comecocos que se traen con la "voluntad de Dios", oiih, que beatorros.

Earendilion dijo...

Hola
Me había acostumbrado a disfrutar de tus entradas diarias, pero veo que has parado de lleno. Espero que estés bien y esto sea algo pasajero.
Un abrazo