La realidad tiene una enseñanza muy tonta respecto a sí misma, no es predecible en su totalidad, supone de continúo sorpresa inaprensible. Tenía la firme intención de hacer una reseña sobre la peli de Malick, pero anoche me quedé viendo en el terreno que me gana el insomnio Ponyo en el acantilado, y de pronto me encuentro que no necesito hablar de Malick ni de Dios ni de otro sentido de la vida que el más pueril y sencillote.
No hay un camino natural ni divino, nada de lo que sé directamente del mundo habla de dualidad más que el ojo humano, y no todo, no el mío. No existe dualismo antropológico ni ontológico ni en rigor uno que merezca realmente la pena considerar. Soy cuerpo y alma, deus sive natura, todo es divino y por eso mismo lo divino no es nada.
Amo a Hayao Miyazaki porque me recuerda dónde tengo que fijar la mirada, el sentido de la vida no es otro que el estar juntos y cuidarnos, la divinidad forma parte de cada cosa en su petición unánime de unidad, que no unicidad.
Hayao es sabio hasta el asombro y puebla su cine del acervo mitológico humano como ningún sacerdote sabe hacer. Sus personajes son lo mejor de una humanidad que se hace inane cuando necesita del espectáculo, cuando fuerza lo real para que parezca no para que se aparezca.
No he dejado de llorar viéndola, a moco tendido, un llanto hermoso y cálido, una epifanía para los sentidos, el abrazo de un Dios que no existe si no se hace un esfuerzo por buscarlo, olvidando parte de la basura que nos constituye por vergonzosa elección.
Ponyo, la niña pez, es hybris en su aspecto celebrativo, corazón e impulso que se salta las reglas de los mayores para enseñarles lo que han olvidado, de una frescura en su ser que se te agarra al corazón con una fortaleza tan bella.
Una sirenita lunar que se hace desde el amor y cambia su realidad con sólo un salto o una sonrisa. ¿Cómo olvidar la escena de amor en morse? ¿El homejaje a Tritón y por ende al enorme y gigante Tezuka? Ese momento en el que lo natural se desata y vuelven los dinosaurios, no para mostrar compasión sino una physis desatada, aterradora pero luminosa.
Todos los efectos especiales hechos a mano, una hogera para la imaginación de todos los hombres, un abrazo en el pecho, un beso en la nariz. ¿De qué hablaba Lisa con la Madre Luna? Esas viejas rejuvenecidas por la unión del respeto, de la alegría, del amor.
Me sabe tan poco el cine de Malick desde la animación de Miyazaki que aunque El árbol de la vida me ha gustado, mi fe no es esa, ni mi alma ni mi corazón requieren de creadores. Dios es naturaleza y naturaleza dios, no son nada y lo son todo. La vida aborrece el vacío, grande es su hanbre por ocupar.
Rezo a Ponyo porque no olvidemos la magia, porque sepamos encontrar un modo de construir desde la unión y el estar en el mundo. No hacen falta divisiones, ni grandes presupuestos, ni el mentón de Brad Pitt. Sólo por la escena en que se encuentran al bebé lactante, Ponyo, alcanza más que todo el cine bello y publicitario de Malick.
Gracias, gracias, gracias. Este es mi camino.
miércoles, 5 de octubre de 2011
martes, 4 de octubre de 2011
Hrabal
Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story.
Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y
cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una
enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este
tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra
llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que
me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y
ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he
adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he
amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no
leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un
caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como
el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba
no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis
venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla
general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para
este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta
cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena
cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí
mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un
fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es
la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el
pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho
más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros,
tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría
servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del
exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso
todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque
cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste
incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro
siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.
Así empieza el libro más hermoso que he podido leer nunca, uno que condensa todos cuanto he leído, de un autor al que me moriré queriéndolo, por dar voz a tanto de lo que amo en esta realidad. Ay, Hrabal, hombre santo y divino, de palabra inmortal. Un sólo hombre bueno enriquece la realidad por encima de un millar de maldades.
Salud!
Así empieza el libro más hermoso que he podido leer nunca, uno que condensa todos cuanto he leído, de un autor al que me moriré queriéndolo, por dar voz a tanto de lo que amo en esta realidad. Ay, Hrabal, hombre santo y divino, de palabra inmortal. Un sólo hombre bueno enriquece la realidad por encima de un millar de maldades.
Salud!
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